02 octubre 2013

El fantasma (o de cómo sobrevivir al pasado).



Nadie puede atrapar el tiempo.
Inténtenlo, traten de tomar un segundo entre sus dedos. Se esfuma como el humo en medio de la niebla. No hay forma de saber dónde empieza ni acaba.

Pero el ser humano es terco. Desde que tomó conciencia de su ser, hace milenios, quiere ser dueño de todo. Dueño de Todo. Incluso, dueño del tiempo. Por eso creó la mayor de todas las ficciones: el presente.

El presente no existe. No, piénsenlo. Cada pensamiento, cada palabra que acabamos de pronunciar, no es más que pasado, y la que diremos a continuación ya será futuro. Pero esta realidad produce vértigo. Es angustioso saber que nos encontramos bailando sobre un hilo de cristal, que cualquier movimiento en falso puede hacernos caer... ¿Caer a dónde? Ésa es la angustia. Incluso, si volvemos al ejemplo anterior, podemos desfragmentar hasta la palabra que estamos pronunciando en este mismo momento: los fonemas que ya hemos emitido son pasado, y los que nos quedan pertenecen al futuro. El presente es un hueco en medio del aire, no existe. Por eso, cada instante que consumimos es una carrera desenfrenada hacia el futuro, hacia la esperanza, hacia la vida.
La ventaja es que lo hacemos sin darnos cuenta. No nos supone una preocupación, porque todo el mundo vive hacia el futuro, nunca hacia el pasado.


Todos, menos Orfeo.
Orfeo vivía obsesionado con esa idea. No había nada que le preocupase más, hasta el punto de convencerse (e intentar convencerme a mí) de que el pasado -eterno perseguidor del hombre- iba a alcanzarle.

-Está justo aquí, Marlène, ¿no lo ves?. Es exasperantemente anulador, inevitablemente eterno, sabes, y a nadie parece importarle lo más mínimo en esta sociedad asquerosa. A veces siento su presencia mucho más agobiante, mucho más concreta, entiendes, por ejemplo cuando estoy hablando con John o cuando le escucho tocar en el Ray, me doy cuenta de pronto de que no sé cuánto tiempo llevo bebiendo y hablando sin sentido y que yo antes estaba pensando en cómo iría nuestro Johnny y si el saxo le daría suficiente dinero, porque tú ya sabes lo que dijo Duke de que it don't mean a thing if it ain't got that swing pero igual no fue él quien lo dijo y en cualquier caso Johnny sí que tiene swing, bueno pero eso no es lo que importa, porque yo estoy allí y pienso que todo lo que yo estaba haciendo antes, vestirme y acordarme de Johnny e ir al Ray, todo eso ya no tiene ninguna fuerza, ¿entiendes?, ya no es real. Hace tiempo que eso pertenece al pasado e incluso el propio pensamiento de que eso es pasado también empieza un poco a ser pasado, no sé si me comprendes, en realidad ahora parece una locura, pero tú eres una chica lista, no como las débiles mentales que se ven a veces en casa de John, y creo que en el fondo sí que me entiendes; lo que te decía es que yo me doy cuenta de eso de pronto y me quedo como helado en mi taburete, si la bendita barra del Ray no existiera me habría caído mil veces al suelo sin darme cuenta por lo frío que me quedo, por lo vacío que me siento, por lo inestable que es todo y por lo malditamente fugaz que es esta perra vida.

Yo le miraba con cariño, un poco como las madres que escuchan a sus hijos contar los juegos que hacen en la escuela, con condescendencia y ternura. Pobre, pobre Orfeo, me decía.

         Pero, amor, ¿no ves que eso nos ocurre a todos tarde o temprano? Conforme vamos envejeciendo perdemos vitalidad, nos centramos más y más en nuestro pasado hasta llegar a veces a olvidar el resto. Cuando madame Harrison se volvió demente me confundía con su amiga de cuando era joven. Mi abuela Henriette solía decir que a su edad el futuro se volvía oscuro y triste, mientras que el pasado era cada vez más brillante. No eres el único que se siente así, Orfeo. El pasado nos alcanzará a todos, es por eso que vivimos el presente.

Orfeo perdía la paciencia. “No” -me decía-, “esto me ocurrirá pronto, yo no soy como vosotros, yo no puedo luchar contra el pasado que viene a devorarme. El futuro me queda muy lejos, angustiosamente lejos, no puedo contar con la promesa de una prórroga como hacéis los demás, los que creéis en el presente”.

En esas ocasiones en que su discurso se volvía incoherente, que solían coincidir con sus estados de mayor ebriedad, yo solía meterlo en la cama entre besos y frases tranquilizadoras, y esperaba que tarde o temprano acabaría por curársele esa manía suya con el pasado. Me entristecía pensar que esa obsesión le estuviese consumiendo la vida, la alegría que siempre lo había caracterizado. Yo le conocía mejor que nadie, compartía tanto su lecho como sus inquietudes, había aprendido a conocerlo mejor por sus silencios que por sus palabras.
Por eso me aterrorizaba intuir que Orfeo no iba a olvidarlo.

Ya lo dijeron en su momento los Velvet Underground en su legendario álbum con Nico, 'cause I see you... I'll be your mirror. Por eso yo sola puedo contar esta historia. Porque yo amaba tanto a Orfeo que podía intuirle cuando estaba ausente, podía saber qué estaba haciendo aunque se encontrara muy lejos. Cierta vez, estando yo en el salón pintando mientras escuchaba a Billie Holiday, I can't give you anything but love, darling, that's the only thing I'm plenty of, él entró al baño a afeitarse y se cortó con la cuchilla sin querer. Pues bien, yo me había precipitado hacia él antes de que saliera a decírmelo, estábamos tan unidos que sentimos la herida a la vez .

Por esta razón yo me estaba angustiando tanto como él, porque sabía lo que haría a continuación. Efectivamente, Orfeo se obsesionó tanto con la idea de vencer al pasado, de burlar su loca carrera a través del tiempo, que comenzó a pasar las noches en vela, devanándose los sesos buscando alguna forma de perdurarse a sí mismo. Su cuerpo, no había duda -decía- iba a ser pasto del pasado, pasado que pronunciaba casi con P mayúscula, personificación absoluta de esa alegoría terrorífica, un Saturno devorando a todos los hombres en vez de a sus hijos. Que lo mismo daba para Orfeo. Poco a poco, dejó de comer, dejó de interesarse por lo que le rodeaba, nuestras conversaciones fueron convirtiéndose en monólogos desesperados por mi parte, instándole a salir a ver a Johnny o a Rose o al viejo Thierry que tocaba su sax haut como nadie a pesar de su edad y sus aires de campesino francés, o incluso a su querido Dave Shelt cuando conseguía venir a tocar Dixieland como nadie. Toda la música, Sheik of Araby, Basin Street Blues y hasta el mismísimo Bird pasaron a ser ruido de fondo para Orfeo, que no podía escuchar nada más que el ensordecedor silencio del paso inexorable del tiempo. Una noche, en la que se dio cuenta confusamente de que yo lloraba desconsolada desde hacía horas, consintió en que saliéramos a tomar el aire, había músicos en el parque y yo trataba de convencerle de que le sentaría bien.

Hacía frío aquella noche, las farolas parecían cimbrearse para confundirnos entre la tiniebla y como distorsionado se escuchaba un aceptable Squeeze me. Tan sólo la trompeta que parecía irse marchitando conforme sonaba acabó de deprimirme por completo. El cigarrillo de Orfeo se consumía en su mano sin que él se diera cuenta, y huelga decir que aquella música no producía ningún cambio en su mirada ausente. De pronto, cuando pasábamos al lado de un muro desnudo de un edificio en construcción, su mente pareció encenderse de pronto. Se soltó de mi mano y se precipitó sobre la pared, la acarició durante un momento y luego, con mirada de loco, se giró bruscamente hacia mí y me espetó: “¿Tienes a mano algún trozo de carbón?”

Antes de que me diese tiempo a reaccionar, me arrancó del bolsillo un trozo nuevecito de carboncillo del que yo usaba para pintar mis cuadros, y con él comenzó a garabatear la pared como un loco. Frases ilegibles, dibujos desconcertantes tomaban forma ante mis ojos aterrados, y Orfeo me iba diciendo con timbres histéricos: “¿Ves? ¡Ésta es la respuesta! ¿No te das cuenta, mujer?, Cuando alguien vea esto, aunque yo no esté, entenderá... Habré conseguido ganarle, por fin le habré vencido, ¿No lo comprendes...? ¡Eso es! Así, de este modo... ¿Tienes más carbón?”

De los días siguientes recuerdo muy poco. Los pasé casi por completo llorando, sin saber qué hacer, porque (y eso es lo peor) había comprendido a Orfeo por fin. Él comenzó a pasar casi todo el día fuera, a veces hasta días enteros, cada vez sus ausencias eran más prolongadas. Creía que, si conseguía dejar una huella -escrita o dibujada o qué se yo- de su paso por el mundo, podría burlar al pasado. Podría perdurarse a sí mismo, por fin. No podía comprender que, cuando todos le recordásemos y pensásemos en él, sería por su arrebatadora forma de ser, por su humor y su dulzura, por su forma de interesarse en los problemas de todo el mundo y su forma de mirar tan bonita que te daban ganas de llorar. Sí, Orfeo quedará siempre en mi memoria como el hombre que fue antes de su obsesión, el que me observaba arrobado mirándome pintar, el que tarareaba Sunday Morning por las mañanas, el que jugaba a ser un tipo duro y negaba rotundamente haberme llamado ma puce y mon coeur, capaz sin embargo de no comer durante una semana si podía emplear ese tiempo ayudando a alguien. Pero ese hombre estaba desapareciendo ante mis ojos, y yo no podía hacer nada.

Luego, todo fue muy confuso. Ni yo misma puedo recordarlo bien... Orfeo se iba desvaneciendo.
Yo a veces le acompañaba en sus paseos, en los que pegaba fotografías en las farolas y pintaba en las paredes hasta gastar todas mis tizas, y poco a poco descubrí que la gente dejaba de verle cuando él caminaba a su lado. Progresivamente mi compañero de sueños iba siendo borrado por sus propias pesadillas. Cuando alguna rara vez hablaba, nadie parecía oírle. Y, lo más importante,  ya nadie podía ver  las cosas que él iba garabateando por toda la ciudad. Poco a poco, Orfeo se estaba difuminando, igual que sus dibujos que la lluvia ya comenzaba a diluir.

Yo estaba completamente desesperada, y caminaba hablándole sin parar, a veces llegando a  provocarle a propósito con asuntos que le irritaban, como mi repentina sospecha de un supuesto affaire con Rose o la rotunda afirmación de que Borges era un pedante incapaz de hacer la O con un canuto (sic). Pero Orfeo apenas me prestaba atención. El día en que todo acabó, yo iba parloteando sin parar sobre el goulash que tanto le gustaba antes comer, reseña histórica, recetas, variaciones, origen, condimentación y modo correcto de tomarlo, pimentón se acepta biensûr  pero sin caer en el exceso, cuando de pronto dejé de sentirle a mi lado.


Asustada, me giré en redondo, y aún pude llegar a ver su imagen borrosa desvaneciéndose en el viento, sus manos extendidas hacia mí en una última súplica desesperada, y su rostro, súbitamente lúcido y desfigurado por el terror, borrándose para siempre en un último grito silencioso.

Victorias (o tango hacia el vacío).


 PRIMAVERA

No soy nada, amor, sin ti.
Tu cuerpo es un molde perfecto
donde el mío encaja como las piezas
                                               [de un rompecabezas,
mis ojos no son nada si no ocupan tus ojos,
sin tu sonrisa, amor, mi sonrisa no es nada.

Quiero llenarte de flores, amor,
porque tú y yo somos la primavera.
Tu amor me hace grande, me hace eterna
(como una diosa o una loca);
son mis manos lo que buscan
tus manos abiertas como racimos de fruta.

Amor, es a ti a quien yo amo
                                   [ingenuamente
con mi amor de música y jazmines,
y a cambio de amarte tan sólo pido,
amor, que tú también me ames.

Tú y yo estamos solos, amor,
por encima de todos los
                                   [hombres,
y nuestro amor será a mi alma
lo que la primavera es a las flores.



            VERANO

Abro los ojos, amor, y te descubro esperándome.
Me tiendes tus manos abiertas,
y juntos caminamos hacia el verano
                                               [que nos recibe.

No es el nuestro un amor glorioso
de los que creen ser inmortales,
nuestro amor no tiene laurel ni rosas,
sino que
simplemente
es un amor dulce, de pan y de lluvia,
un amor de sábanas y café
que recibo cada día como el agua que bebo,
cotidiana, necesaria, incalculable.

Sí, amor, nuestro amor es humano
                                               [igual que tú y yo,
y al igual que tú y yo arde,
cálido
dulcemente al caer la tarde.


            OTOÑO

Una a una
lentamente
se van marchitando todas las flores.
Dime qué nos pasa, amor,
dime por qué se desnudan los árboles.
Dime qué es lo que calla en tus silencios,
qué es esta sombra que cubre nuestros ojos.

Qué nos ocurre, amor,
qué nos está consumiendo.

Como un sueño súbito ha caído el otoño,
y como en un sueño tú y yo seguimos
callados
el uno junto al otro
sin reconocer que estamos marchitos.

Atrás quedó la primavera,
el verano acabó sin que lo sintiéramos
y el invierno ya se acerca
lenta e inexorablemente
a congelar nuestro amor dormido.


            INVIERNO

El frío ha llegado de pronto
en la noche más oscura.
Qué haremos,
qué haremos para no dormirnos.
No sueñes, aguanta el duermevela,
                                               [háblame,
porque si nos dormimos
la nieve nos tocará
con sus dedos fríos.

Atrás quedó la risa,
atrás quedaron las noches cálidas
                                               [y el amor dulce,
y tú sueñas,
sólo sueñas,
y crees que, como la primavera
que vuelve siempre llena de flores,
nuestro amor volverá
más cálido y más dulce.

No, no te duermas en la nieve.
Dime por qué acabó, dime,
dime por qué estamos el uno frente al otro
sin hablarnos y sin vernos
en medio de la noche helada del invierno.

Tenemos que despertarnos
porque empezamos a morir
poco a poco
congelados.

He dejado ya de conocerte,
he dejado ya de amarte,
y no sé si es tu rostro lo que veo
                                               [a través del viento
ni si es tu voz la que ahora grita
desgarrada

a lo lejos.

25 agosto 2013


~
Eso decían.
Pero no es cierto.

-Entonces todo esto no es más que un sueño, ¿verdad?
-Sí.

Y mientras me decía “sí” me acariciaba suavemente el pelo con una sonrisa triste, como si él también lamentara que todo hubiera sido un sueño, “sí”, todo, el amor, los recuerdos, los instantes que ya no eran nuestros, como si lamentara que en cualquier momento un crujido en la escalera pudiera acabar de un sobresalto con todo lo que éramos. Sí, todo aquello no era más que un sueño y ni siquiera sabíamos si nos conocíamos más allá, todo aquello era un sueño que podía estar soñando yo o él o alguien a quien ni siquiera conociéramos, que nos soñara como quien sueña  un gato maullando en un callejón que jamás visitaría.

No, jamás nos conocería pero sin embargo alguien nos estaba soñando en ese instante, nos estaba creando en ese instante, un Alguien a quien ambos temíamos, Alguien ajeno que nos soñaba tibiamente en océanos de almohada mientras él y yo nos abrazábamos con fuerza temiendo que pudiera despertar. Nos abrazábamos con dolor, con ausencia, como si ya el despertar hubiera llegado, prolongando en el vacío del duermevela un adiós que deseábamos que no se produjera jamás.

Pero poco a poco, como los ojos luminosos que se acostumbran a la oscuridad, fuimos mirando a nuestro alrededor, pues el despertar no llegaba. Sin soltarnos, susurrando, dándonos cuenta de la fragilidad de nuestro presente, con lágrimas en los ojos odiábamos a ese Alguien durmiendo cerca de la ventana, planeando de mil maneras cómo escapar, cómo burlarlo, o incluso sí, qué ingenioso, cómo soñarle nosotros a él.

Pero allá lejos Alguien debió oírnos, pues se removió inquieto cerca del olor a amanecer, del pan recién hecho, intentando sin éxito despertar su conciencia dormida. Nos abrazamos con fuerza temiendo ya encontrar el vacío entre nuestros brazos, pero al abrir los ojos seguíamos juntos, sólo en un lugar diferente. Poco a poco todo lo que nos rodeaba empezaba a cambiar, la luz, los colores diluyéndose, pero Alguien no conseguía dejar de soñarnos. Nos miramos. Debíamos actuar. Echamos a correr en un caleidoscopio de sonidos e imágenes borrosas que nos engullían con volutas de sueños lejanos, pero ya Alguien empezaba a perder poco a poco el control.

Nos temía. Lentamente, nos estaba temiendo. Juntos convocamos terrores y sombras que se alzaban grandiosos sobre su mente, con las manos entrelazadas creábamos pesadillas a placer, monstruos y tormentas azotaban su sueño mientras nosotros crecíamos como dueños absolutos del delirio. Al otro lado, lejos, y lejos ya del olor a madrugada, Alguien gemía débilmente humedeciendo las sábanas con un sudor frío, removiéndose sin despertar, perdiendo la cordura poco a poco pues, al temernos, nos dio poder sobre su subconsciente.

Fuimos dioses grandes y terribles aquella noche. Sentados en la cima de la locura, con los ojos brillantes, nos lanzamos en una vorágine de pesadilla y pánico, mirándonos asustados de lo que podíamos hacer, pero ya no éramos nosotros quienes decidíamos: Alguien, en su miedo, nos soñaba más malvados y más poderosos de lo que nosotros creíamos poder llegar a ser.


No tuvimos piedad, no podíamos tenerla. Todas las canciones sonaban a la vez mientras el océano más oscuro se abría para engullirle y él último grito de Alguien se perdió en un despertador que ya era nuestro, que ya era nuestro cuando nos despertamos juntos en un maravilloso amanecer donde el olor fresco a madrugada y a pan recién hecho nos revelaba que, por fin, habíamos vencido.

12 agosto 2013

Un doux melange de romance et de démence.



Encima del paladar tengo un gusano pequeño que tiene forma de espiral. Muerde haciendo un túnel hacia arriba, como si alguien me metiera un sacacorchos perpendicular a la boca. No es un dolor sordo, sino concreto, como una picadura o un arañazo de gato. Pero no es nada de eso: es un gusano, yo lo sé. Se comerá mi cabeza poco a poco hasta que se me queden ojos de dromedario, y cuando yo pierda la noción del espacio-tiempo saldrá por mi cráneo. Mirará al exterior y, si le gusta lo que ve, saldrá a buscar a alguien más lúcido que yo y con mejor gusto para los calcetines y le taladrará el cerebro. Así ocurrirá, y yo ya me habré vuelto loca definitivamente. 

Ya nunca cambiaré de voz para contar cuentos (sólo quedará una letanía monótona y arrastrada), y no podré dejar de poner ojos de loca cansada. Cansada. Estoy tan cansada que podría quedarme a vivir en el tren. Esta es una de las ocasiones en que el cansancio es tan grande, tan pesado, que no puedo dejar de decirme que nunca llegaré a casa. No parece existir tal cosa en un mundo tan sucio y lumpen como la Gare de Montparnasse, ni en uno tan hipócrita como es la tapicería rosa del Intercités (esa sonrisa de maniquí calvo, esa calidez de microondas). Todo, los asientos reclinables, la moqueta polvorienta despegada en las esquinas, el WC automático donde una máquina te dispensa una monodosis de higiene personal, todo es tan deprimente e impersonal y parece decirme: "Esto es la comodidad, esto es el bienestar. No busques más. No hay casa". 

04 marzo 2013

~Yesterday.




Si hubiera un lugar donde colocar mis tristezas, tendría olor a lluvia y pan recién hecho. La nostalgia condensada gotearía por las paredes en medio del silencio, dejando rastros oscuros en los sillares de piedra. 

No hago más que escribir tonterías desde que ella no está, ¿sabes? No sé qué me ocurre. El otro día, por ejemplo, llovía, y todas las panaderías olían a nostalgia. Por qué siempre un pan de cereales, dime, por qué sólo un croissant dorado con mantequilla cada uno si al final ella siempre se comía el mío entre café y risas, por qué la absurda costumbre de ir juntos a comprar el pan los días de lluvia, por qué ahora soy incapaz de entrar a ninguna panadería cuando llueve.

Por eso se me ocurrió que podría encerrar ese olor allí, en algún sitio lejos de mí mismo, lejos de las panaderías y de la lluvia, para que de ese modo yo pudiera volver a comprar el pan de cereales y el croissant dorado con mantequilla y todo volviera a ser normal.
Pero no sólo me gustaría encerrar allí el olor a pan y a lluvia. Me gustaría encerrar allí su mirada. De ese modo no volvería a buscarla jamás en cada mujer que me cruzo en el tranvía, no volvería a inventarla en cada conversación casual con desconocidas ni a extrañarla sobre la nariz de alguien sin nombre que duerme las noches tristes en mi cama.

Pero estoy divagando. El otro día, entonces, llovía y olía a pan. Eso significa que no pude comprarme el desayuno, así que cogí el tranvía al centro para comprar fruta en el mercado. Todo era tan normal en aquel tranvía sucio y húmedo, tan gris, sabes, los asientos eran grises, las ventanas eran grises, las personas eran grises y nadie miraba a nadie, y de pronto la vi. No sé exactamente qué vi. Pero sus ojos eran los mismos, entiendes, era la mirada de ella, la misma que no había vuelto a ver desde aquello. Sólo fue un momento, pero como de golpe sentía que tenía que acercarme a ella y hablarle, decirle, preguntarle por qué se había ido sin mí tan pronto. Ella me miró sin reconocerme y se giró a seguir hablando con alguien.

Entonces me sentía como si me ahogara. Fui abriéndome paso como en un sueño a través del vagón, tropezando con las bolsas de una señora que llevaba croissants para alimentar a media ciudad, manteniendo el equilibrio con cada vaivén, hasta llegar hasta donde estaba ella. La vi de espaldas, con el mismo pelo castaño y el mismo jersey que llevaba aquel día. Estaba hablando conmigo, no lo entiendes, con mi yo del pasado que me miraba sin verme, aquella chica era realmente ella pero no estaba allí. Me quedé paralizado unos segundos antes de comprender que aquella mirada, la misma mirada, provenía de la chica del pasado haciendo el trayecto del pasado en el día exacto en el que se suicidó y yo no pude impedirlo.

Cuando abrí los ojos, ambos se habían esfumado. El vagón estaba otra vez igual de gris, húmedo y triste que en el pasado, pero esa vez yo estaba solo. Al salir, la señora de las bolsas me ofreció un croissant. Mientras buscaba el valor para rechazarlo ella ya se alejaba lentamente bajo la lluvia, y mi croissant se iba deshaciendo poco a poco en mi mano temblorosa, mojando un olor dulce que ya nunca volvería a ser mío.



21 febrero 2013

Old.

Parecía increíble,
pero todo
(todo)
cambia.
~


Incluso aquellas cosas que en su inocencia parecen eternas.