12 octubre 2012

Reborn.



Me moría de ganas de abrazar a alguien.

La presión interna que oprimía mis pulmones, la sensación de tener el pecho lleno de mármol, debía desaparecer. No lo soportaba más.

Llevaba días encerrada en mi cuarto, llorando y riendo a intervalos como si de la lluvia o del viento dependiera mi estado de ánimo, cuando de pronto me di cuenta entre la niebla que no podría soportarlo más.

A partir de ese instante ya no era mi cordura la que estaba en juego, sino mi supervivencia. Me estaba muriendo. Abrazando mi estómago con fuerza no conseguía relajar la tensión que me consumía lentamente. Lunas oscuras crecían cada mañana debajo de mis ojos. Aquella tortura tenía que acabar.

Por eso aquella noche me desperté como alejándome, empapada de sudor frío y con las manos temblorosas, dándome cuenta desde fuera de mí misma que el momento había llegado por fin.

Con los ojos fríos me vestí despacio, con la lentitud descarada que tienen aquellos a los que les gusta su cuerpo, recreándome en cada cinta y en cada botón cuidadosamente seleccionados para aquella noche.
Me maquillé como si dibujara un rostro que no me pertenecía. Mientras los pintaba observé con curiosidad los labios rojos que se movían, que se estaban moviendo, labios que aleteaban como mariposas de sangre.

La hora había llegado. Como una pantera herida salí del apartamento oscuro, trastabilleando, obligándome a soportarlo aún unas horas más, y con los ojos empañados de dolor me lancé a la noche.

Y en el rincón más oscuro de los bares de jazz, como una araña seduciendo a todas las moscas, esperé. Los minutos se sucedían inclementes, y el humo del tabaco acariciaba mi boca como un efímero suspiro de culpa. En ese momento empezó a sonar I must have that man, y tu silueta se recortó contra la luz de la puerta abierta del local. Levanté la mirada. Por encima de las chicas de risa escandalosa y de los hombres sedientos, por encima de los besos secos con sabor a alcohol, encontré la tuya esperándome.

Para ser sincera, yo estaba especialmente hermosa aquella noche. Por eso a nadie le extrañó que avanzaras hacia mí mientras te quitabas el abrigo, y que yo me levantara con aquella media sonrisa roja dibujándose en mi rostro. En mitad del local nos quedamos parados, el uno enfrente del otro, y de forma particularmente irresistible me acerqué a ti para susurrarte: “por fin has llegado”.

Cuando me separé para volverte a mirar desde mis tacones ya el hechizo de mi perfume había hecho su efecto, y de nuevo me atrajiste hacia ti para mirarme más de cerca, siempre más de cerca, y aún no sospechabas nada mientras yo me ahuecaba más entre tus brazos y te estrechaba con más fuerza contra mí. Seguías sin sospechar nada cuando, sonriendo satisfecho, me besaste ávidamente, y yo cogí tu cabeza con ambas manos mientras lo hacías.

Y entonces, oh, entonces ya era demasiado tarde.

Entonces te diste cuenta de que ya no podías hacer nada, y esta vez era yo quien te besaba ávidamente apretándome contra tu pecho, y poco a poco la sensación horrible que me consumía se iba desvaneciendo. Se iba fundiendo el hielo de mis entrañas, y poco a poco por vez primera pude respirar. Jadeando, forcejeábamos en una lucha a muerte terrible como el silencio, gladiadores sangrientos entre todas las parejas de baile.

Pero ya era tarde, yo ya había vencido. Con una sonrisa de triunfo inhalé como una droga los últimos hálitos de fuerza que tanto me habían faltado durante meses, ya me sentía viva, ya me sentía fuerte. Y con una última mirada de lástima te dejé caer al suelo con las manos inertes, sin hacer caso de tus ojos suplicantes, y con un estremecimiento me deslicé entre las personas súbitamente sobrias que se agolpaban alrededor de tu cuerpo, y me lancé a la noche en la confusión del último bar de jazz abierto de la ciudad.

26 septiembre 2012

Fénix



-Entonces todo esto no es más que un sueño, ¿verdad?

-Sí.

Y mientras me decía “sí” me acariciaba suavemente el pelo con una sonrisa triste, como si él también lamentara que todo hubiera sido un sueño, “sí”, todo, el amor, los recuerdos, los instantes que ya no eran nuestros, como si lamentara que en cualquier momento un crujido en la escalera pudiera acabar de un sobresalto con todo lo que éramos. Sí, todo aquello no era más que un sueño y ni siquiera sabíamos si nos conocíamos más allá, todo aquello era un sueño que podía estar soñando yo o él o alguien a quien ni siquiera conociéramos, que nos soñara como quien sueña  un gato maullando en un callejón que jamás visitaría.

No, jamás nos conocería pero sin embargo alguien nos estaba soñando en ese instante, nos estaba creando en ese instante, un Alguien a quien ambos temíamos, Alguien ajeno que nos soñaba tibiamente en océanos de almohada mientras él y yo nos abrazábamos con fuerza temiendo que pudiera despertar. Nos abrazábamos con dolor, con ausencia, como si ya el despertar hubiera llegado, prolongando en el vacío del duermevela un adiós que deseábamos que no se produjera jamás.

Pero poco a poco, como los ojos luminosos que se acostumbran a la oscuridad, fuimos mirando a nuestro alrededor, pues el despertar no llegaba. Sin soltarnos, susurrando, dándonos cuenta de la fragilidad de nuestro presente, con lágrimas en los ojos odiábamos a ese Alguien durmiendo cerca de la ventana, planeando de mil maneras cómo escapar, cómo burlarlo, o incluso sí, qué ingenioso, cómo soñarle nosotros a él.

Pero allá lejos Alguien debió oírnos, pues se removió inquieto cerca del olor a amanecer, del pan recién hecho, intentando sin éxito despertar su conciencia dormida. Nos abrazamos con fuerza temiendo ya encontrar el vacío entre nuestros brazos, pero al abrir los ojos seguíamos juntos, sólo en un lugar diferente. Poco a poco todo lo que nos rodeaba empezaba a cambiar, la luz, los colores diluyéndose, pero Alguien no conseguía dejar de soñarnos. Nos miramos. Debíamos actuar. Echamos a correr en un caleidoscopio de sonidos e imágenes borrosas que nos engullían con volutas de sueños lejanos, pero ya Alguien empezaba a perder poco a poco el control.

Nos temía. Lentamente, nos estaba temiendo. Juntos convocamos terrores y sombras que se alzaban grandiosos sobre su mente, con las manos entrelazadas creábamos pesadillas a placer, monstruos y tormentas azotaban su sueño mientras nosotros crecíamos como dueños absolutos del delirio. Al otro lado, lejos, y lejos ya del olor a madrugada, Alguien gemía débilmente humedeciendo las sábanas con un sudor frío, removiéndose sin despertar, perdiendo la cordura poco a poco pues, al temernos, nos dio poder sobre su subconsciente.

Fuimos dioses grandes y terribles aquella noche. Sentados en la cima de la locura, con los ojos brillantes, nos lanzamos en una vorágine de pesadilla y pánico, mirándonos asustados de lo que podíamos hacer, pero ya no éramos nosotros quienes decidíamos: Alguien, en su miedo, nos soñaba más malvados y más poderosos de lo que nosotros creíamos poder llegar a ser.

No tuvimos piedad, no podíamos tenerla. Todas las canciones sonaban a la vez mientras el océano más oscuro se abría para engullirle y él último grito de Alguien se perdió en un despertador que ya era nuestro, que ya era nuestro cuando nos despertamos juntos en un maravilloso amanecer donde el olor fresco a madrugada y a pan recién hecho nos revelaba que, por fin, habíamos vencido.

Shock


Se me agolpan las dudas como las gotas de lluvia en las cañerías. Esta vez salgo a mojarme, lo sé, esta vez es un viaje sin retorno. El miedo acecha en cada esquina, hay luces lejanas, sonidos turbios. No sé quién soy, ni conozco las calles que me rodean – tuerzo un callejón a la izquierda, saldré por allí, no sé.

Qué quieres que te diga, qué quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien. Sí, no me importa, es sólo que podías haberlo dicho antes.

Qué quieres, que te cuente cómo me siento, pero si hace meses que no siento nada, no lo entiendes, no sentía nada, sabes, y de pronto llegó él y revolvió por todas partes. Hizo lo que quiso con mi pequeña cabeza, me creó dudas, soplaba humo azul, sus manos eran grandes y sus dedos eran largos para alcanzarme allá donde fuera. Su sonrisa era verde, no lo entiendes, su sonrisa era verde como la hierba entre las amapolas, sus ojos eran amarillos como las rosas amarillas, tenía gigantes en el pelo que caminaban al son de todas las tempestades. No importaba dónde fuera, allí estaba él. No importaba qué dijera, siempre estaba él. Él arriba, él de colores, él en los armarios, él en las paredes, él saliendo de la bañera y trepando entre las juntas de los azulejos. Él ceniza, él absurdo.

Sí, a mí me gustaba él. Por vez primera en muchos días y miles de noches sentía algo por alguien aparte de la indiferencia más simple. Tú no sabes, me hubiera gustado besarle en el pelo.  Me hubiera gustado que me abrazara los sábados y me dijera: “allí crecen todos los girasoles”. Pero no.

Tú le besaste en el pelo, y te abrazó a ti sola durante todos los sábados del mundo, y a ti sola entró con cuidado mientras lejos morían miles de personas y empezabas a llorar sin saber que yo te miraría más tarde como quien mira a un extraño. No sabías que yo no podría abrazarte como antes y sin embargo tú estabas llorando mientras él deshojaba girasoles en tu pecho, y seguías llorando en océanos de almohada cuando él acariciaba tus muslos con sus dedos largos, largos para alcanzarte en todas partes, y de pronto sentiste frío su tacto.

Y no pudiste nunca parar de llorar porque sabías que en ese mismo instante, varios millones de segundos después, yo sabría lo que hiciste con el hombre que comía las estrellas, y sabías que me dolería, pero lo que no sabías es que ibas a cerrar de un portazo todos los sueños de una niña, y cuando haces eso sin cuidado las niñas crecen de golpe.

Sí, ya he asumido que él nunca será mío. Que quizá fuese sólo un capricho, pero ¿no es todo un capricho? ¿No son un capricho los besos, los poemas, las flores, las muñecas; no son un capricho las patatas y la lluvia, no son acaso un capricho las musarañas y también el té? ¿No es un capricho vivir?

Mi capricho era besarle en el pelo, sólo una vez, pero ya no puede ser. Nunca volveré a querer besarle en el pelo, ni que me abrace los sábados, ni volveré a querer que me diga: "allí crecen todos los girasoles". No volverá a alcanzarme con sus dedos largos ni con sus manos grandes, ni volverá a hacerme temblar el humo azul que sopla cuando quiere ver estrellas en el fondo de tus pupilas. Poco a poco, me doy cuenta entre mis dudas de que ya me he mojado. Las calles a mi alrededor siguen girando, un poco como si en el mapa las olas me arrastraran otra vez, y como saliendo de mi aliento descubro que sigo hablándote, sigo preguntándote qué quieres que te diga, qué quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien.

21 enero 2012

Nueve noches sin dormir.


Nueve noches como nueve lápidas
cada vez más frías
cada vez más oscuras
puesto que ya no hay nada entre mi cuerpo y las sábanas.

Busco en vano tu olor, tus manos adormecidas
entre mi calor y yo
pero no me queda más que este helado duermevela
que me desgasta.

Hace nueve noches que tengo pesadillas
surrealistas
de niños pequeños que follan como putas
y trepan por mi pelo
y se vuelven bichos
y no puedo soportarlo.

Cierro los ojos.
Suelto la última bocanada de humo
que me ata a cualquier cosa material
-aunque esa cosa material sea tabaco-
y empiezo a volar.

No quiero recordar nada,
no quiero volver a tener miedo
de irme a la cama
puesto que temo despertar con la almohada húmeda
tras otra pesadilla
tras otra nueva demencia
y volver a descubrir que
una décima noche más
tú te has ido.