Nadie puede atrapar el tiempo.
Inténtenlo, traten de tomar un segundo entre sus dedos. Se
esfuma como el humo en medio de la niebla. No hay forma de saber dónde empieza
ni acaba.
Pero el ser humano es terco. Desde que tomó conciencia de
su ser, hace milenios, quiere ser dueño de todo. Dueño de Todo. Incluso, dueño
del tiempo. Por eso creó la mayor de todas las ficciones: el presente.
El presente no existe. No, piénsenlo. Cada pensamiento,
cada palabra que acabamos de pronunciar, no es más que pasado, y la que diremos
a continuación ya será futuro. Pero esta realidad produce vértigo. Es
angustioso saber que nos encontramos bailando sobre un hilo de cristal, que cualquier
movimiento en falso puede hacernos caer... ¿Caer a dónde? Ésa es la angustia.
Incluso, si volvemos al ejemplo anterior, podemos desfragmentar hasta la
palabra que estamos pronunciando en este mismo momento: los fonemas que ya
hemos emitido son pasado, y los que nos quedan pertenecen al futuro. El
presente es un hueco en medio del aire, no existe. Por eso, cada instante que
consumimos es una carrera desenfrenada hacia el futuro, hacia la esperanza,
hacia la vida.
La ventaja es que lo hacemos sin darnos cuenta. No nos
supone una preocupación, porque todo el mundo vive hacia el futuro, nunca hacia
el pasado.
Todos, menos Orfeo.
Orfeo vivía obsesionado con esa idea. No había nada que le
preocupase más, hasta el punto de convencerse (e intentar convencerme a mí) de
que el pasado -eterno perseguidor del hombre- iba a alcanzarle.
-Está justo aquí, Marlène, ¿no lo
ves?. Es exasperantemente anulador, inevitablemente eterno, sabes, y a nadie
parece importarle lo más mínimo en esta sociedad asquerosa. A veces siento su
presencia mucho más agobiante, mucho más concreta, entiendes, por
ejemplo cuando estoy hablando con John o cuando le escucho tocar en el Ray, me
doy cuenta de pronto de que no sé cuánto tiempo llevo bebiendo y hablando sin
sentido y que yo antes estaba pensando en cómo iría nuestro Johnny y si el saxo
le daría suficiente dinero, porque tú ya sabes lo que dijo Duke de que it
don't mean a thing if it ain't got that swing pero igual no fue él quien lo
dijo y en cualquier caso Johnny sí que tiene swing, bueno pero eso no es lo que
importa, porque yo estoy allí y pienso que todo lo que yo estaba haciendo
antes, vestirme y acordarme de Johnny e ir al Ray, todo eso ya no tiene ninguna
fuerza, ¿entiendes?, ya no es real. Hace tiempo que eso pertenece
al pasado e incluso el propio pensamiento de que eso es pasado también
empieza un poco a ser pasado, no sé si me comprendes, en realidad ahora parece
una locura, pero tú eres una chica lista, no como las débiles mentales que se
ven a veces en casa de John, y creo que en el fondo sí que me entiendes; lo que
te decía es que yo me doy cuenta de eso de pronto y me quedo como helado en mi
taburete, si la bendita barra del Ray no existiera me habría caído mil veces al
suelo sin darme cuenta por lo frío que me quedo, por lo vacío que me siento,
por lo inestable que es todo y por lo malditamente fugaz que es esta perra
vida.
Yo le miraba con cariño, un poco
como las madres que escuchan a sus hijos contar los juegos que hacen en la
escuela, con condescendencia y ternura. Pobre, pobre Orfeo, me decía.
–
Pero,
amor, ¿no ves que eso nos ocurre a todos tarde o temprano? Conforme vamos
envejeciendo perdemos vitalidad, nos centramos más y más en nuestro pasado
hasta llegar a veces a olvidar el resto. Cuando madame Harrison se volvió
demente me confundía con su amiga de cuando era joven. Mi abuela Henriette
solía decir que a su edad el futuro se volvía oscuro y triste, mientras que el
pasado era cada vez más brillante. No eres el único que se siente así, Orfeo.
El pasado nos alcanzará a todos, es por eso que vivimos el presente.
Orfeo perdía la paciencia. “No”
-me decía-, “esto me ocurrirá pronto, yo no soy como vosotros, yo no puedo
luchar contra el pasado que viene a devorarme. El futuro me queda muy lejos,
angustiosamente lejos, no puedo contar con la promesa de una prórroga como
hacéis los demás, los que creéis en el presente”.
En esas ocasiones en que su
discurso se volvía incoherente, que solían coincidir con sus estados de mayor
ebriedad, yo solía meterlo en la cama entre besos y frases tranquilizadoras, y
esperaba que tarde o temprano acabaría por curársele esa manía suya con el
pasado. Me entristecía pensar que esa obsesión le estuviese consumiendo la
vida, la alegría que siempre lo había caracterizado. Yo le conocía mejor que
nadie, compartía tanto su lecho como sus inquietudes, había aprendido a
conocerlo mejor por sus silencios que por sus palabras.
Por eso me aterrorizaba intuir que
Orfeo no iba a olvidarlo.
Ya lo dijeron en su momento los
Velvet Underground en su legendario álbum con Nico, 'cause I see you... I'll
be your mirror. Por eso yo sola puedo contar esta historia. Porque yo
amaba tanto a Orfeo que podía intuirle cuando estaba ausente, podía saber qué
estaba haciendo aunque se encontrara muy lejos. Cierta vez, estando yo en el
salón pintando mientras escuchaba a Billie Holiday, I can't give you
anything but love, darling, that's the only thing I'm plenty of, él entró
al baño a afeitarse y se cortó con la cuchilla sin querer. Pues bien, yo me
había precipitado hacia él antes de que saliera a decírmelo, estábamos tan
unidos que sentimos la herida a la vez .
Por esta razón yo me estaba
angustiando tanto como él, porque sabía lo que haría a continuación.
Efectivamente, Orfeo se obsesionó tanto con la idea de vencer al pasado, de
burlar su loca carrera a través del tiempo, que comenzó a pasar las noches en
vela, devanándose los sesos buscando alguna forma de perdurarse a sí mismo. Su
cuerpo, no había duda -decía- iba a ser pasto del pasado, pasado que pronunciaba
casi con P mayúscula, personificación absoluta de esa alegoría terrorífica, un
Saturno devorando a todos los hombres en vez de a sus hijos. Que lo mismo daba
para Orfeo. Poco a poco, dejó de comer, dejó de interesarse por lo que le
rodeaba, nuestras conversaciones fueron convirtiéndose en monólogos
desesperados por mi parte, instándole a salir a ver a Johnny o a Rose o al
viejo Thierry que tocaba su sax haut como nadie a pesar de su edad y sus
aires de campesino francés, o incluso a su querido Dave Shelt cuando conseguía
venir a tocar Dixieland como nadie. Toda la música, Sheik of Araby, Basin
Street Blues y hasta el mismísimo Bird pasaron a ser ruido de fondo para Orfeo,
que no podía escuchar nada más que el ensordecedor silencio del paso inexorable
del tiempo. Una noche, en la que se dio cuenta confusamente de que yo lloraba
desconsolada desde hacía horas, consintió en que saliéramos a tomar el aire,
había músicos en el parque y yo trataba de convencerle de que le sentaría bien.
Hacía frío aquella noche, las
farolas parecían cimbrearse para confundirnos entre la tiniebla y como
distorsionado se escuchaba un aceptable Squeeze me. Tan sólo la trompeta
que parecía irse marchitando conforme sonaba acabó de deprimirme por completo.
El cigarrillo de Orfeo se consumía en su mano sin que él se diera cuenta, y
huelga decir que aquella música no producía ningún cambio en su mirada ausente.
De pronto, cuando pasábamos al lado de un muro desnudo de un edificio en
construcción, su mente pareció encenderse de pronto. Se soltó de mi mano y se
precipitó sobre la pared, la acarició durante un momento y luego, con mirada de
loco, se giró bruscamente hacia mí y me espetó: “¿Tienes a mano algún trozo de
carbón?”
Antes de que me diese tiempo a
reaccionar, me arrancó del bolsillo un trozo nuevecito de carboncillo del que
yo usaba para pintar mis cuadros, y con él comenzó a garabatear la pared como
un loco. Frases ilegibles, dibujos desconcertantes tomaban forma ante mis ojos
aterrados, y Orfeo me iba diciendo con timbres histéricos: “¿Ves? ¡Ésta es la
respuesta! ¿No te das cuenta, mujer?, Cuando alguien vea esto, aunque yo no
esté, entenderá... Habré conseguido ganarle, por fin le habré vencido,
¿No lo comprendes...? ¡Eso es! Así, de este modo... ¿Tienes más carbón?”
De los días siguientes recuerdo
muy poco. Los pasé casi por completo llorando, sin saber qué hacer, porque (y eso
es lo peor) había comprendido a Orfeo por fin. Él comenzó a pasar casi todo el
día fuera, a veces hasta días enteros, cada vez sus ausencias eran más prolongadas.
Creía que, si conseguía dejar una huella -escrita o dibujada o qué se yo- de su
paso por el mundo, podría burlar al pasado. Podría perdurarse a sí mismo, por
fin. No podía comprender que, cuando todos le recordásemos y pensásemos en él,
sería por su arrebatadora forma de ser, por su humor y su dulzura, por su forma
de interesarse en los problemas de todo el mundo y su forma de mirar tan bonita
que te daban ganas de llorar. Sí, Orfeo quedará siempre en mi memoria como el
hombre que fue antes de su obsesión, el que me observaba arrobado mirándome
pintar, el que tarareaba Sunday Morning por las mañanas, el que jugaba a
ser un tipo duro y negaba rotundamente haberme llamado ma puce y mon
coeur, capaz sin embargo de no comer durante una semana si podía emplear
ese tiempo ayudando a alguien. Pero ese hombre estaba desapareciendo ante mis
ojos, y yo no podía hacer nada.
Luego, todo fue muy confuso. Ni yo
misma puedo recordarlo bien... Orfeo se iba desvaneciendo.
Yo a veces le acompañaba en sus
paseos, en los que pegaba fotografías en las farolas y pintaba en las paredes
hasta gastar todas mis tizas, y poco a poco descubrí que la gente dejaba de
verle cuando él caminaba a su lado. Progresivamente mi compañero de
sueños iba siendo borrado por sus propias pesadillas. Cuando alguna rara vez
hablaba, nadie parecía oírle. Y, lo más importante, ya nadie podía ver las cosas que él iba garabateando por toda la
ciudad. Poco a poco, Orfeo se estaba difuminando, igual que sus dibujos que la
lluvia ya comenzaba a diluir.
Yo estaba completamente
desesperada, y caminaba hablándole sin parar, a veces llegando a provocarle a propósito con asuntos que le
irritaban, como mi repentina sospecha de un supuesto affaire con Rose o
la rotunda afirmación de que Borges era un pedante incapaz de hacer la O con un
canuto (sic). Pero Orfeo apenas me prestaba atención. El día en que todo acabó,
yo iba parloteando sin parar sobre el goulash que tanto le gustaba antes comer,
reseña histórica, recetas, variaciones, origen, condimentación y modo correcto
de tomarlo, pimentón se acepta biensûr
pero sin caer en el exceso, cuando de pronto dejé de sentirle a mi
lado.
Asustada, me giré en redondo, y
aún pude llegar a ver su imagen borrosa desvaneciéndose en el viento, sus manos
extendidas hacia mí en una última súplica desesperada, y su rostro, súbitamente
lúcido y desfigurado por el terror, borrándose para siempre en un último grito
silencioso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario