12 agosto 2013

Un doux melange de romance et de démence.



Encima del paladar tengo un gusano pequeño que tiene forma de espiral. Muerde haciendo un túnel hacia arriba, como si alguien me metiera un sacacorchos perpendicular a la boca. No es un dolor sordo, sino concreto, como una picadura o un arañazo de gato. Pero no es nada de eso: es un gusano, yo lo sé. Se comerá mi cabeza poco a poco hasta que se me queden ojos de dromedario, y cuando yo pierda la noción del espacio-tiempo saldrá por mi cráneo. Mirará al exterior y, si le gusta lo que ve, saldrá a buscar a alguien más lúcido que yo y con mejor gusto para los calcetines y le taladrará el cerebro. Así ocurrirá, y yo ya me habré vuelto loca definitivamente. 

Ya nunca cambiaré de voz para contar cuentos (sólo quedará una letanía monótona y arrastrada), y no podré dejar de poner ojos de loca cansada. Cansada. Estoy tan cansada que podría quedarme a vivir en el tren. Esta es una de las ocasiones en que el cansancio es tan grande, tan pesado, que no puedo dejar de decirme que nunca llegaré a casa. No parece existir tal cosa en un mundo tan sucio y lumpen como la Gare de Montparnasse, ni en uno tan hipócrita como es la tapicería rosa del Intercités (esa sonrisa de maniquí calvo, esa calidez de microondas). Todo, los asientos reclinables, la moqueta polvorienta despegada en las esquinas, el WC automático donde una máquina te dispensa una monodosis de higiene personal, todo es tan deprimente e impersonal y parece decirme: "Esto es la comodidad, esto es el bienestar. No busques más. No hay casa". 

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