26 septiembre 2012

Fénix



-Entonces todo esto no es más que un sueño, ¿verdad?

-Sí.

Y mientras me decía “sí” me acariciaba suavemente el pelo con una sonrisa triste, como si él también lamentara que todo hubiera sido un sueño, “sí”, todo, el amor, los recuerdos, los instantes que ya no eran nuestros, como si lamentara que en cualquier momento un crujido en la escalera pudiera acabar de un sobresalto con todo lo que éramos. Sí, todo aquello no era más que un sueño y ni siquiera sabíamos si nos conocíamos más allá, todo aquello era un sueño que podía estar soñando yo o él o alguien a quien ni siquiera conociéramos, que nos soñara como quien sueña  un gato maullando en un callejón que jamás visitaría.

No, jamás nos conocería pero sin embargo alguien nos estaba soñando en ese instante, nos estaba creando en ese instante, un Alguien a quien ambos temíamos, Alguien ajeno que nos soñaba tibiamente en océanos de almohada mientras él y yo nos abrazábamos con fuerza temiendo que pudiera despertar. Nos abrazábamos con dolor, con ausencia, como si ya el despertar hubiera llegado, prolongando en el vacío del duermevela un adiós que deseábamos que no se produjera jamás.

Pero poco a poco, como los ojos luminosos que se acostumbran a la oscuridad, fuimos mirando a nuestro alrededor, pues el despertar no llegaba. Sin soltarnos, susurrando, dándonos cuenta de la fragilidad de nuestro presente, con lágrimas en los ojos odiábamos a ese Alguien durmiendo cerca de la ventana, planeando de mil maneras cómo escapar, cómo burlarlo, o incluso sí, qué ingenioso, cómo soñarle nosotros a él.

Pero allá lejos Alguien debió oírnos, pues se removió inquieto cerca del olor a amanecer, del pan recién hecho, intentando sin éxito despertar su conciencia dormida. Nos abrazamos con fuerza temiendo ya encontrar el vacío entre nuestros brazos, pero al abrir los ojos seguíamos juntos, sólo en un lugar diferente. Poco a poco todo lo que nos rodeaba empezaba a cambiar, la luz, los colores diluyéndose, pero Alguien no conseguía dejar de soñarnos. Nos miramos. Debíamos actuar. Echamos a correr en un caleidoscopio de sonidos e imágenes borrosas que nos engullían con volutas de sueños lejanos, pero ya Alguien empezaba a perder poco a poco el control.

Nos temía. Lentamente, nos estaba temiendo. Juntos convocamos terrores y sombras que se alzaban grandiosos sobre su mente, con las manos entrelazadas creábamos pesadillas a placer, monstruos y tormentas azotaban su sueño mientras nosotros crecíamos como dueños absolutos del delirio. Al otro lado, lejos, y lejos ya del olor a madrugada, Alguien gemía débilmente humedeciendo las sábanas con un sudor frío, removiéndose sin despertar, perdiendo la cordura poco a poco pues, al temernos, nos dio poder sobre su subconsciente.

Fuimos dioses grandes y terribles aquella noche. Sentados en la cima de la locura, con los ojos brillantes, nos lanzamos en una vorágine de pesadilla y pánico, mirándonos asustados de lo que podíamos hacer, pero ya no éramos nosotros quienes decidíamos: Alguien, en su miedo, nos soñaba más malvados y más poderosos de lo que nosotros creíamos poder llegar a ser.

No tuvimos piedad, no podíamos tenerla. Todas las canciones sonaban a la vez mientras el océano más oscuro se abría para engullirle y él último grito de Alguien se perdió en un despertador que ya era nuestro, que ya era nuestro cuando nos despertamos juntos en un maravilloso amanecer donde el olor fresco a madrugada y a pan recién hecho nos revelaba que, por fin, habíamos vencido.

Shock


Se me agolpan las dudas como las gotas de lluvia en las cañerías. Esta vez salgo a mojarme, lo sé, esta vez es un viaje sin retorno. El miedo acecha en cada esquina, hay luces lejanas, sonidos turbios. No sé quién soy, ni conozco las calles que me rodean – tuerzo un callejón a la izquierda, saldré por allí, no sé.

Qué quieres que te diga, qué quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien. Sí, no me importa, es sólo que podías haberlo dicho antes.

Qué quieres, que te cuente cómo me siento, pero si hace meses que no siento nada, no lo entiendes, no sentía nada, sabes, y de pronto llegó él y revolvió por todas partes. Hizo lo que quiso con mi pequeña cabeza, me creó dudas, soplaba humo azul, sus manos eran grandes y sus dedos eran largos para alcanzarme allá donde fuera. Su sonrisa era verde, no lo entiendes, su sonrisa era verde como la hierba entre las amapolas, sus ojos eran amarillos como las rosas amarillas, tenía gigantes en el pelo que caminaban al son de todas las tempestades. No importaba dónde fuera, allí estaba él. No importaba qué dijera, siempre estaba él. Él arriba, él de colores, él en los armarios, él en las paredes, él saliendo de la bañera y trepando entre las juntas de los azulejos. Él ceniza, él absurdo.

Sí, a mí me gustaba él. Por vez primera en muchos días y miles de noches sentía algo por alguien aparte de la indiferencia más simple. Tú no sabes, me hubiera gustado besarle en el pelo.  Me hubiera gustado que me abrazara los sábados y me dijera: “allí crecen todos los girasoles”. Pero no.

Tú le besaste en el pelo, y te abrazó a ti sola durante todos los sábados del mundo, y a ti sola entró con cuidado mientras lejos morían miles de personas y empezabas a llorar sin saber que yo te miraría más tarde como quien mira a un extraño. No sabías que yo no podría abrazarte como antes y sin embargo tú estabas llorando mientras él deshojaba girasoles en tu pecho, y seguías llorando en océanos de almohada cuando él acariciaba tus muslos con sus dedos largos, largos para alcanzarte en todas partes, y de pronto sentiste frío su tacto.

Y no pudiste nunca parar de llorar porque sabías que en ese mismo instante, varios millones de segundos después, yo sabría lo que hiciste con el hombre que comía las estrellas, y sabías que me dolería, pero lo que no sabías es que ibas a cerrar de un portazo todos los sueños de una niña, y cuando haces eso sin cuidado las niñas crecen de golpe.

Sí, ya he asumido que él nunca será mío. Que quizá fuese sólo un capricho, pero ¿no es todo un capricho? ¿No son un capricho los besos, los poemas, las flores, las muñecas; no son un capricho las patatas y la lluvia, no son acaso un capricho las musarañas y también el té? ¿No es un capricho vivir?

Mi capricho era besarle en el pelo, sólo una vez, pero ya no puede ser. Nunca volveré a querer besarle en el pelo, ni que me abrace los sábados, ni volveré a querer que me diga: "allí crecen todos los girasoles". No volverá a alcanzarme con sus dedos largos ni con sus manos grandes, ni volverá a hacerme temblar el humo azul que sopla cuando quiere ver estrellas en el fondo de tus pupilas. Poco a poco, me doy cuenta entre mis dudas de que ya me he mojado. Las calles a mi alrededor siguen girando, un poco como si en el mapa las olas me arrastraran otra vez, y como saliendo de mi aliento descubro que sigo hablándote, sigo preguntándote qué quieres que te diga, qué quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien.