Si hubiera un lugar donde colocar
mis tristezas, tendría olor a lluvia y pan recién hecho. La nostalgia
condensada gotearía por las paredes en medio del silencio, dejando rastros oscuros en los sillares de piedra.
No hago más que escribir
tonterías desde que ella no está, ¿sabes? No sé qué me ocurre. El otro día, por
ejemplo, llovía, y todas las panaderías olían a nostalgia. Por qué siempre un
pan de cereales, dime, por qué sólo un croissant dorado con mantequilla cada uno si al
final ella siempre se comía el mío entre café y risas, por qué la absurda
costumbre de ir juntos a comprar el pan los días de lluvia, por qué ahora soy
incapaz de entrar a ninguna panadería cuando llueve.
Por eso se me ocurrió que podría
encerrar ese olor allí, en algún sitio lejos de mí mismo, lejos de las
panaderías y de la lluvia, para que de ese modo yo pudiera volver a comprar el
pan de cereales y el croissant dorado con mantequilla y todo volviera a ser
normal.
Pero no sólo me gustaría encerrar
allí el olor a pan y a lluvia. Me gustaría encerrar allí su mirada. De ese modo no
volvería a buscarla jamás en cada mujer que me cruzo en el tranvía, no volvería
a inventarla en cada conversación casual con desconocidas ni a extrañarla sobre
la nariz de alguien sin nombre que duerme las noches tristes en mi cama.
Pero estoy divagando. El otro día, entonces, llovía y
olía a pan. Eso significa que no pude comprarme el desayuno, así que cogí el
tranvía al centro para comprar fruta en el mercado. Todo era tan normal en
aquel tranvía sucio y húmedo, tan gris, sabes, los asientos eran grises, las ventanas eran
grises, las personas eran grises y nadie miraba a nadie, y de pronto la
vi. No sé exactamente qué vi. Pero sus ojos eran los mismos, entiendes, era la
mirada de ella, la misma que no había
vuelto a ver desde aquello. Sólo fue un momento, pero como de golpe sentía que
tenía que acercarme a ella y hablarle, decirle, preguntarle por qué se había
ido sin mí tan pronto. Ella me miró sin reconocerme y se giró a seguir hablando
con alguien.
Entonces me sentía como si me ahogara. Fui abriéndome paso como en un sueño a través del
vagón, tropezando con las bolsas de una señora que llevaba croissants para
alimentar a media ciudad, manteniendo el equilibrio con cada vaivén, hasta
llegar hasta donde estaba ella. La vi de espaldas, con el mismo pelo castaño y
el mismo jersey que llevaba aquel día. Estaba hablando conmigo, no lo entiendes, con mi yo del pasado que me miraba sin verme, aquella chica era realmente ella pero no estaba allí. Me quedé paralizado unos segundos
antes de comprender que aquella mirada, la misma mirada, provenía de la chica
del pasado haciendo el trayecto del pasado en el día exacto en el que se
suicidó y yo no pude impedirlo.
Cuando abrí los ojos, ambos se
habían esfumado. El vagón estaba otra vez igual de gris, húmedo y triste que en
el pasado, pero esa vez yo estaba solo. Al salir, la señora de las bolsas me
ofreció un croissant. Mientras buscaba el valor para rechazarlo ella ya se
alejaba lentamente bajo la lluvia, y mi croissant se iba deshaciendo poco a
poco en mi mano temblorosa, mojando un olor dulce que ya nunca volvería a ser mío.

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