Cada vez tiene menos sentido. No entiendo por qué lo hago, ni por qué lo haces tú. Ambos pensamos en otras personas, tenemos vidas distintas, nos callamos en lo que más importa. ¿Y para qué? ¿Buscando, acaso, los diez minutos de gloria?
Sólo me sabes bien de noche, que es cuando yo olvido y tú vuelas bajo. Pero de día no nos conocemos, nos sentimos extraños. Me asqueo, no te quiero besar cuando sale el sol. Pero cuando cae la sombra y me recorro desnuda, me visto para ti. Y entonces nosotros, los de antes, ya no somos los mismos. No sé, no conozco el equilibrio. A decir verdad, tampoco lo busco.
Es frío y simple, pero dulce a su manera.
En una retrospectiva de mí misma, todo esto me sorprende. Eres mi excusa para no pensar en mí, y eso te lo agradezco infinitamente.
Pero la Carmen de antes, la que se entregaba, la que se divertía alegrando tu vida y creando una realidad para dos, ella ya no está. O quizá esté, pero duerme. No me conoce bien desde aquí.
Estoy sola en el puerto, a la orilla de mi futuro. Él no puede equilibrarme, pues se siente inseguro en lo más simple. Su cuerpo, su dinero, como si eso me importase más que su talla de zapato. No, querido, no es eso. Me gustaría decírtelo; me gustaría tanto decirte "estás guapo cuando sonríes" o "qué hermoso es cuando me miras en silencio", o cuando me abrazas. Pero no te lo diré porque esa ya no soy yo, ya no quiero ser yo. Eso es muy injusto, por eso escribo esto, para no pensarlo en silencio.
Pero entiéndeme, si te lo digo, entonces te querré un poco. Y, lo que es más horrible, quizás entonces tú también me quieras un poco más. Y esa (insisto), esa ya no soy yo. Si te comienzo a querer, todo será real. Por eso prefiero pensar en tus defectos, defectos que nunca me han importado (como que vengas sin afeitar o que no me gusten aquellos pantalones), para alejarme de ti a propósito y evitar que todo esto, de pronto, sea.
Espero que esto no te parezca mal, pero seguiré fumando delante de ti y vistiéndome como si no tuviera una cita; seguiré haciendo bromas estúpidas y encerrándome en mis silencios, porque no quiero que me des nada que yo no te haya pedido. No quiero que te comprometas, ni despertarme un día a tu lado sabiendo que eres mío y que no sé qué hacer. No quiero dejarme llevar, no quiero perder el control. Lo siento.
Somos camaleones con pieles superpuestas que piden ayuda en silencio. Pero el silencio sólo silencio recibe, en el vacío, en el fondo oscuro de tus pupilas negras de secretos.
No sé quién eres, no sé quién soy, no sé ya si esta es tu piel o la mía, no reconozco tu sabor ni es tu nombre el de mi dueño.
Regalar un reloj es invitar a la muerte, regalémonos besos para ser eternos esta noche. Pero tus besos no son genuinos, cierras los ojos cuando me muerdes, ¿a quién estás viendo? Estamos el uno enfrente del otro, ciegos y sordos, cantando cuentos irreales que crecen sobre nuestras cabezas haciendo horribles circunvoluciones mientras bailan nuestros cuerpos. Sonreímos con la boca, pero nuestros ojos están fríos como témpanos, como margaritas negras, como si en el fondo nos odiáramos por vivir esta rutina extraña del "ya hablamos", del café y las copas, de los besos con fecha de caducidad mientras dure el movimiento. Por qué lo hacemos. Por qué no lo hacemos, si queremos, por qué lo evitamos. Por qué me das igual, si estoy contigo. Por qué nos usamos así, sucios, últimos hombres de Nietzsche, por qué fingimos esta sombra chinesca de una belleza ajena que es la suya, la de ellos, como si nosotros también, pero no.
No somos ellos, no nos queremos, no nos buscamos, no somos nuestros. Inconexo, absurdo, esto ocurre de pronto y nosotros lo vemos pasar en silencio.
Nothing to dream about.
Si no puedes abrir tu mente, al menos cierra tu boca.
18 junio 2015
11 diciembre 2014
Del amor misericorde: inconoclastia aplicada.
El amor, ese frenético anhelo que ciertos libros despiertan, pierde toda su credibilidad y adquiere un matiz conmiserativo en el momento preciso en que nuestro ego exige una dependencia por parte del ser amado. Entonces se contempla a la otra persona con una pizca de enternecida lástima, sintiendo una punzada de oscuro placer al pensar que no sería nada sin ese amor que uno le da. Del mismo modo en que no querrían a su perro del mismo modo si no fuera suyo, o si lo supieran capaz de vivir cómodamente por sí mismo, amar a alguien que no sigue este protocolo silenciosamente pactado (o que se resiste a formar parte de esa desigualdad amatoria, o que no quiere establecer una intrusión del ego en el amor) es más difícil. Y es más difícil porque de algún modo se le tiene miedo, un miedo egoísta a su libertad de amar como quiere, porque comúnmente se considera que aquello que no se necesita no puede quererse del todo.
Pero esta concepción aberrante de la intimidad no es otra cosa que el utilitarismo más básico aplicado a las relaciones de pareja. Y, además, es una falacia. Si necesito algo, entonces tengo que quererlo. No es posible querer algo que no necesito, de lo que no dependo. Mentira.
El amor, cuando es libre, es más real, puesto que no está condicionado por una necesidad pragmática de afecto ni de apoyo económico o emocional. Una vez liberados de la comodidad precocinada de la mutua dependencia, amar y ser amado son conceptos totalmente nuevos.
Ahora bien, seamos realistas: siempre hay egoísmo en el amor. El ego se impone por encima de casi todo cuando del ser amado se trata: lo quiero todo, y además lo quiero mío.
Esto plantea una dificultad ante la intención mía de no caer en el amor misericorde. Escapar del ego es imposible puesto que cualquier modo de conciencia autointeligente (c.a.d. que es capaz de inteligir su propia existencia) implica un concepto del yo, del ego. Sin embargo, sí podemos escapar de la egolatría, y de eso es precisamente de lo que se trata.
Un amor sincero y desinteresado hacia otro ser humano, con quien se elige compartir todo, no conduce al placer samaritano de saberse imprescindible para alguien que se encuentra en una posición de inferioridad. No se ama como medio, sino como fin, y si se descubre (oh, albricias) que es recíproco, pues mejor. Es arriesgado, no lo niego, pues de pronto se encuentra uno bailando un tango hacia el vacío que misteriosamente se resiste a caer.
Pese a todo, pues, es posible amar, e incluso amar bien, mediante este amor de iguales que se miran frente a frente.
Y no os imagináis lo increíble que es.
02 octubre 2013
El fantasma (o de cómo sobrevivir al pasado).
Nadie puede atrapar el tiempo.
Inténtenlo, traten de tomar un segundo entre sus dedos. Se
esfuma como el humo en medio de la niebla. No hay forma de saber dónde empieza
ni acaba.
Pero el ser humano es terco. Desde que tomó conciencia de
su ser, hace milenios, quiere ser dueño de todo. Dueño de Todo. Incluso, dueño
del tiempo. Por eso creó la mayor de todas las ficciones: el presente.
El presente no existe. No, piénsenlo. Cada pensamiento,
cada palabra que acabamos de pronunciar, no es más que pasado, y la que diremos
a continuación ya será futuro. Pero esta realidad produce vértigo. Es
angustioso saber que nos encontramos bailando sobre un hilo de cristal, que cualquier
movimiento en falso puede hacernos caer... ¿Caer a dónde? Ésa es la angustia.
Incluso, si volvemos al ejemplo anterior, podemos desfragmentar hasta la
palabra que estamos pronunciando en este mismo momento: los fonemas que ya
hemos emitido son pasado, y los que nos quedan pertenecen al futuro. El
presente es un hueco en medio del aire, no existe. Por eso, cada instante que
consumimos es una carrera desenfrenada hacia el futuro, hacia la esperanza,
hacia la vida.
La ventaja es que lo hacemos sin darnos cuenta. No nos
supone una preocupación, porque todo el mundo vive hacia el futuro, nunca hacia
el pasado.
Todos, menos Orfeo.
Orfeo vivía obsesionado con esa idea. No había nada que le
preocupase más, hasta el punto de convencerse (e intentar convencerme a mí) de
que el pasado -eterno perseguidor del hombre- iba a alcanzarle.
-Está justo aquí, Marlène, ¿no lo
ves?. Es exasperantemente anulador, inevitablemente eterno, sabes, y a nadie
parece importarle lo más mínimo en esta sociedad asquerosa. A veces siento su
presencia mucho más agobiante, mucho más concreta, entiendes, por
ejemplo cuando estoy hablando con John o cuando le escucho tocar en el Ray, me
doy cuenta de pronto de que no sé cuánto tiempo llevo bebiendo y hablando sin
sentido y que yo antes estaba pensando en cómo iría nuestro Johnny y si el saxo
le daría suficiente dinero, porque tú ya sabes lo que dijo Duke de que it
don't mean a thing if it ain't got that swing pero igual no fue él quien lo
dijo y en cualquier caso Johnny sí que tiene swing, bueno pero eso no es lo que
importa, porque yo estoy allí y pienso que todo lo que yo estaba haciendo
antes, vestirme y acordarme de Johnny e ir al Ray, todo eso ya no tiene ninguna
fuerza, ¿entiendes?, ya no es real. Hace tiempo que eso pertenece
al pasado e incluso el propio pensamiento de que eso es pasado también
empieza un poco a ser pasado, no sé si me comprendes, en realidad ahora parece
una locura, pero tú eres una chica lista, no como las débiles mentales que se
ven a veces en casa de John, y creo que en el fondo sí que me entiendes; lo que
te decía es que yo me doy cuenta de eso de pronto y me quedo como helado en mi
taburete, si la bendita barra del Ray no existiera me habría caído mil veces al
suelo sin darme cuenta por lo frío que me quedo, por lo vacío que me siento,
por lo inestable que es todo y por lo malditamente fugaz que es esta perra
vida.
Yo le miraba con cariño, un poco
como las madres que escuchan a sus hijos contar los juegos que hacen en la
escuela, con condescendencia y ternura. Pobre, pobre Orfeo, me decía.
–
Pero,
amor, ¿no ves que eso nos ocurre a todos tarde o temprano? Conforme vamos
envejeciendo perdemos vitalidad, nos centramos más y más en nuestro pasado
hasta llegar a veces a olvidar el resto. Cuando madame Harrison se volvió
demente me confundía con su amiga de cuando era joven. Mi abuela Henriette
solía decir que a su edad el futuro se volvía oscuro y triste, mientras que el
pasado era cada vez más brillante. No eres el único que se siente así, Orfeo.
El pasado nos alcanzará a todos, es por eso que vivimos el presente.
Orfeo perdía la paciencia. “No”
-me decía-, “esto me ocurrirá pronto, yo no soy como vosotros, yo no puedo
luchar contra el pasado que viene a devorarme. El futuro me queda muy lejos,
angustiosamente lejos, no puedo contar con la promesa de una prórroga como
hacéis los demás, los que creéis en el presente”.
En esas ocasiones en que su
discurso se volvía incoherente, que solían coincidir con sus estados de mayor
ebriedad, yo solía meterlo en la cama entre besos y frases tranquilizadoras, y
esperaba que tarde o temprano acabaría por curársele esa manía suya con el
pasado. Me entristecía pensar que esa obsesión le estuviese consumiendo la
vida, la alegría que siempre lo había caracterizado. Yo le conocía mejor que
nadie, compartía tanto su lecho como sus inquietudes, había aprendido a
conocerlo mejor por sus silencios que por sus palabras.
Por eso me aterrorizaba intuir que
Orfeo no iba a olvidarlo.
Ya lo dijeron en su momento los
Velvet Underground en su legendario álbum con Nico, 'cause I see you... I'll
be your mirror. Por eso yo sola puedo contar esta historia. Porque yo
amaba tanto a Orfeo que podía intuirle cuando estaba ausente, podía saber qué
estaba haciendo aunque se encontrara muy lejos. Cierta vez, estando yo en el
salón pintando mientras escuchaba a Billie Holiday, I can't give you
anything but love, darling, that's the only thing I'm plenty of, él entró
al baño a afeitarse y se cortó con la cuchilla sin querer. Pues bien, yo me
había precipitado hacia él antes de que saliera a decírmelo, estábamos tan
unidos que sentimos la herida a la vez .
Por esta razón yo me estaba
angustiando tanto como él, porque sabía lo que haría a continuación.
Efectivamente, Orfeo se obsesionó tanto con la idea de vencer al pasado, de
burlar su loca carrera a través del tiempo, que comenzó a pasar las noches en
vela, devanándose los sesos buscando alguna forma de perdurarse a sí mismo. Su
cuerpo, no había duda -decía- iba a ser pasto del pasado, pasado que pronunciaba
casi con P mayúscula, personificación absoluta de esa alegoría terrorífica, un
Saturno devorando a todos los hombres en vez de a sus hijos. Que lo mismo daba
para Orfeo. Poco a poco, dejó de comer, dejó de interesarse por lo que le
rodeaba, nuestras conversaciones fueron convirtiéndose en monólogos
desesperados por mi parte, instándole a salir a ver a Johnny o a Rose o al
viejo Thierry que tocaba su sax haut como nadie a pesar de su edad y sus
aires de campesino francés, o incluso a su querido Dave Shelt cuando conseguía
venir a tocar Dixieland como nadie. Toda la música, Sheik of Araby, Basin
Street Blues y hasta el mismísimo Bird pasaron a ser ruido de fondo para Orfeo,
que no podía escuchar nada más que el ensordecedor silencio del paso inexorable
del tiempo. Una noche, en la que se dio cuenta confusamente de que yo lloraba
desconsolada desde hacía horas, consintió en que saliéramos a tomar el aire,
había músicos en el parque y yo trataba de convencerle de que le sentaría bien.
Hacía frío aquella noche, las
farolas parecían cimbrearse para confundirnos entre la tiniebla y como
distorsionado se escuchaba un aceptable Squeeze me. Tan sólo la trompeta
que parecía irse marchitando conforme sonaba acabó de deprimirme por completo.
El cigarrillo de Orfeo se consumía en su mano sin que él se diera cuenta, y
huelga decir que aquella música no producía ningún cambio en su mirada ausente.
De pronto, cuando pasábamos al lado de un muro desnudo de un edificio en
construcción, su mente pareció encenderse de pronto. Se soltó de mi mano y se
precipitó sobre la pared, la acarició durante un momento y luego, con mirada de
loco, se giró bruscamente hacia mí y me espetó: “¿Tienes a mano algún trozo de
carbón?”
Antes de que me diese tiempo a
reaccionar, me arrancó del bolsillo un trozo nuevecito de carboncillo del que
yo usaba para pintar mis cuadros, y con él comenzó a garabatear la pared como
un loco. Frases ilegibles, dibujos desconcertantes tomaban forma ante mis ojos
aterrados, y Orfeo me iba diciendo con timbres histéricos: “¿Ves? ¡Ésta es la
respuesta! ¿No te das cuenta, mujer?, Cuando alguien vea esto, aunque yo no
esté, entenderá... Habré conseguido ganarle, por fin le habré vencido,
¿No lo comprendes...? ¡Eso es! Así, de este modo... ¿Tienes más carbón?”
De los días siguientes recuerdo
muy poco. Los pasé casi por completo llorando, sin saber qué hacer, porque (y eso
es lo peor) había comprendido a Orfeo por fin. Él comenzó a pasar casi todo el
día fuera, a veces hasta días enteros, cada vez sus ausencias eran más prolongadas.
Creía que, si conseguía dejar una huella -escrita o dibujada o qué se yo- de su
paso por el mundo, podría burlar al pasado. Podría perdurarse a sí mismo, por
fin. No podía comprender que, cuando todos le recordásemos y pensásemos en él,
sería por su arrebatadora forma de ser, por su humor y su dulzura, por su forma
de interesarse en los problemas de todo el mundo y su forma de mirar tan bonita
que te daban ganas de llorar. Sí, Orfeo quedará siempre en mi memoria como el
hombre que fue antes de su obsesión, el que me observaba arrobado mirándome
pintar, el que tarareaba Sunday Morning por las mañanas, el que jugaba a
ser un tipo duro y negaba rotundamente haberme llamado ma puce y mon
coeur, capaz sin embargo de no comer durante una semana si podía emplear
ese tiempo ayudando a alguien. Pero ese hombre estaba desapareciendo ante mis
ojos, y yo no podía hacer nada.
Luego, todo fue muy confuso. Ni yo
misma puedo recordarlo bien... Orfeo se iba desvaneciendo.
Yo a veces le acompañaba en sus
paseos, en los que pegaba fotografías en las farolas y pintaba en las paredes
hasta gastar todas mis tizas, y poco a poco descubrí que la gente dejaba de
verle cuando él caminaba a su lado. Progresivamente mi compañero de
sueños iba siendo borrado por sus propias pesadillas. Cuando alguna rara vez
hablaba, nadie parecía oírle. Y, lo más importante, ya nadie podía ver las cosas que él iba garabateando por toda la
ciudad. Poco a poco, Orfeo se estaba difuminando, igual que sus dibujos que la
lluvia ya comenzaba a diluir.
Yo estaba completamente
desesperada, y caminaba hablándole sin parar, a veces llegando a provocarle a propósito con asuntos que le
irritaban, como mi repentina sospecha de un supuesto affaire con Rose o
la rotunda afirmación de que Borges era un pedante incapaz de hacer la O con un
canuto (sic). Pero Orfeo apenas me prestaba atención. El día en que todo acabó,
yo iba parloteando sin parar sobre el goulash que tanto le gustaba antes comer,
reseña histórica, recetas, variaciones, origen, condimentación y modo correcto
de tomarlo, pimentón se acepta biensûr
pero sin caer en el exceso, cuando de pronto dejé de sentirle a mi
lado.
Asustada, me giré en redondo, y
aún pude llegar a ver su imagen borrosa desvaneciéndose en el viento, sus manos
extendidas hacia mí en una última súplica desesperada, y su rostro, súbitamente
lúcido y desfigurado por el terror, borrándose para siempre en un último grito
silencioso.
Victorias (o tango hacia el vacío).
PRIMAVERA
No soy nada, amor, sin ti.
Tu cuerpo es un molde perfecto
donde el mío encaja como las piezas
[de
un rompecabezas,
mis ojos no son nada si no ocupan tus ojos,
sin tu sonrisa, amor, mi sonrisa no es nada.
Quiero llenarte de flores, amor,
porque tú y yo somos la primavera.
Tu amor me hace grande, me hace eterna
(como una diosa o una loca);
son mis manos lo que buscan
tus manos abiertas como racimos de fruta.
Amor, es a ti a quien yo amo
[ingenuamente
con mi amor de música y jazmines,
y a cambio de amarte tan sólo pido,
amor, que tú también me ames.
Tú y yo estamos solos, amor,
por encima de todos los
[hombres,
y nuestro amor será a mi alma
lo que la primavera es a las flores.
VERANO
Abro los ojos, amor, y te descubro esperándome.
Me tiendes tus manos abiertas,
y juntos caminamos hacia el verano
[que
nos recibe.
No es el nuestro un amor glorioso
de los que creen ser inmortales,
nuestro amor no tiene laurel ni rosas,
sino que
simplemente
es un amor dulce, de pan y de lluvia,
un amor de sábanas y café
que recibo cada día como el agua que bebo,
cotidiana, necesaria, incalculable.
Sí, amor, nuestro amor es humano
[igual
que tú y yo,
y al igual que tú y yo arde,
cálido
dulcemente al caer la tarde.
OTOÑO
Una a una
lentamente
se van marchitando todas las flores.
Dime qué nos pasa, amor,
dime por qué se desnudan los árboles.
Dime qué es lo que calla en tus silencios,
qué es esta sombra que cubre nuestros ojos.
Qué nos ocurre, amor,
qué nos está consumiendo.
Como un sueño súbito ha caído el otoño,
y como en un sueño tú y yo seguimos
callados
el uno junto al otro
sin reconocer que estamos marchitos.
Atrás quedó la primavera,
el verano acabó sin que lo sintiéramos
y el invierno ya se acerca
lenta e inexorablemente
a congelar nuestro amor dormido.
INVIERNO
El frío ha llegado de pronto
en la noche más oscura.
Qué haremos,
qué haremos para no dormirnos.
No sueñes, aguanta el duermevela,
[háblame,
porque si nos dormimos
la nieve nos tocará
con sus dedos fríos.
Atrás quedó la risa,
atrás quedaron las noches cálidas
[y
el amor dulce,
y tú sueñas,
sólo sueñas,
y crees que, como la primavera
que vuelve siempre llena de flores,
nuestro amor volverá
más cálido y más dulce.
No, no te duermas en la nieve.
Dime por qué acabó, dime,
dime por qué estamos el uno frente al otro
sin hablarnos y sin vernos
en medio de la noche helada del invierno.
Tenemos que despertarnos
porque empezamos a morir
poco a poco
congelados.
He dejado ya de conocerte,
he dejado ya de amarte,
y no sé si es tu rostro lo que veo
[a
través del viento
ni si es tu voz la que ahora grita
desgarrada
a lo lejos.
25 agosto 2013
-Entonces todo esto no es más que
un sueño, ¿verdad?
-Sí.
Y mientras me decía “sí” me
acariciaba suavemente el pelo con una sonrisa triste, como si él también lamentara
que todo hubiera sido un sueño, “sí”, todo, el amor, los recuerdos, los
instantes que ya no eran nuestros, como si lamentara que en cualquier momento
un crujido en la escalera pudiera acabar de un sobresalto con todo lo que
éramos. Sí, todo aquello no era más que un sueño y ni siquiera sabíamos si nos
conocíamos más allá, todo aquello era un sueño que podía estar soñando yo o él
o alguien a quien ni siquiera conociéramos, que nos soñara como quien
sueña un gato maullando en un callejón
que jamás visitaría.
No, jamás nos conocería pero sin
embargo alguien nos estaba soñando en ese instante, nos estaba creando en ese
instante, un Alguien a quien ambos temíamos, Alguien ajeno que nos soñaba tibiamente
en océanos de almohada mientras él y yo nos abrazábamos con fuerza temiendo que
pudiera despertar. Nos abrazábamos con dolor, con ausencia, como si ya el
despertar hubiera llegado, prolongando en el vacío del duermevela un adiós que
deseábamos que no se produjera jamás.
Pero poco a poco, como los ojos
luminosos que se acostumbran a la oscuridad, fuimos mirando a nuestro
alrededor, pues el despertar no llegaba. Sin soltarnos, susurrando, dándonos
cuenta de la fragilidad de nuestro presente, con lágrimas en los ojos odiábamos
a ese Alguien durmiendo cerca de la ventana, planeando de mil maneras cómo
escapar, cómo burlarlo, o incluso sí, qué ingenioso, cómo soñarle nosotros a
él.
Pero allá lejos Alguien debió
oírnos, pues se removió inquieto cerca del olor a amanecer, del pan recién
hecho, intentando sin éxito despertar su conciencia dormida. Nos abrazamos con
fuerza temiendo ya encontrar el vacío entre nuestros brazos, pero al abrir los
ojos seguíamos juntos, sólo en un lugar diferente. Poco a poco todo lo que nos
rodeaba empezaba a cambiar, la luz, los colores diluyéndose, pero Alguien no
conseguía dejar de soñarnos. Nos miramos. Debíamos actuar. Echamos a correr en
un caleidoscopio de sonidos e imágenes borrosas que nos engullían con volutas
de sueños lejanos, pero ya Alguien empezaba a perder poco a poco el control.
Nos temía. Lentamente, nos estaba
temiendo. Juntos convocamos terrores y sombras que se alzaban grandiosos sobre
su mente, con las manos entrelazadas creábamos pesadillas a placer, monstruos y
tormentas azotaban su sueño mientras nosotros crecíamos como dueños absolutos
del delirio. Al otro lado, lejos, y lejos ya del olor a madrugada, Alguien
gemía débilmente humedeciendo las sábanas con un sudor frío, removiéndose sin
despertar, perdiendo la cordura poco a poco pues, al temernos, nos dio poder
sobre su subconsciente.
Fuimos dioses grandes y terribles
aquella noche. Sentados en la cima de la locura, con los ojos brillantes, nos
lanzamos en una vorágine de pesadilla y pánico, mirándonos asustados de lo que
podíamos hacer, pero ya no éramos nosotros quienes decidíamos: Alguien, en su
miedo, nos soñaba más malvados y más poderosos de lo que nosotros creíamos
poder llegar a ser.
No tuvimos piedad, no podíamos
tenerla. Todas las canciones sonaban a la vez mientras el océano más oscuro se
abría para engullirle y él último grito de Alguien se perdió en un despertador
que ya era nuestro, que ya era nuestro cuando nos despertamos juntos en un
maravilloso amanecer donde el olor fresco a madrugada y a pan recién hecho nos
revelaba que, por fin, habíamos vencido.
12 agosto 2013
Un doux melange de romance et de démence.
Encima del paladar tengo un gusano pequeño que tiene forma de espiral. Muerde haciendo un túnel hacia arriba, como si alguien me metiera un sacacorchos perpendicular a la boca. No es un dolor sordo, sino concreto, como una picadura o un arañazo de gato. Pero no es nada de eso: es un gusano, yo lo sé. Se comerá mi cabeza poco a poco hasta que se me queden ojos de dromedario, y cuando yo pierda la noción del espacio-tiempo saldrá por mi cráneo. Mirará al exterior y, si le gusta lo que ve, saldrá a buscar a alguien más lúcido que yo y con mejor gusto para los calcetines y le taladrará el cerebro. Así ocurrirá, y yo ya me habré vuelto loca definitivamente.
Ya nunca cambiaré de voz para contar cuentos (sólo quedará una letanía monótona y arrastrada), y no podré dejar de poner ojos de loca cansada. Cansada. Estoy tan cansada que podría quedarme a vivir en el tren. Esta es una de las ocasiones en que el cansancio es tan grande, tan pesado, que no puedo dejar de decirme que nunca llegaré a casa. No parece existir tal cosa en un mundo tan sucio y lumpen como la Gare de Montparnasse, ni en uno tan hipócrita como es la tapicería rosa del Intercités (esa sonrisa de maniquí calvo, esa calidez de microondas). Todo, los asientos reclinables, la moqueta polvorienta despegada en las esquinas, el WC automático donde una máquina te dispensa una monodosis de higiene personal, todo es tan deprimente e impersonal y parece decirme: "Esto es la comodidad, esto es el bienestar. No busques más. No hay casa".
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