12 julio 2010

Dos puntos, paréntesis abierto.

You made yourself a bed at the bottom of the blackest hole... And convinced yourself that it's not the reason you don't see the sun anymore. (L)

Dos puntos, paréntesis abierto. Tardes de domingo. Lluvia y café. Melancolía y recuerdos ajenos.

No recuerdo ni un solo momento de mi vida en el que no me haya sentido aislada. Un náufrago en una isla diminuta que no lanza señales a los barcos que ve pasar. Una gota de sangre enmedio de una tormenta. Un pájaro en un huracán. Sola.

Desde niña, me gustaba pintar cuando estaba triste. Mis dibujos han sido siempre la única manera de saber qué estoy pensando, un lenguaje cargado de símbolos.
Cuando llegan los recuerdos, los malos pensamientos, la tristeza... Repito mi ritual. Pinturas, pinceles, agua en un bote de cristal, un paño para secar y unas paletas de mezcla.

Y entonces, en mi cuarto, siempre ocurre algo, desde que tenía dos años exactos y empecé. El mundo deja de girar en cuanto el primer pincel se sumerge en el agua. Cuando toca la pintura, los sonidos se amortiguan. Y cuando, por fin, acarician el papel, el mundo sólo obedece a mis sueños. Los colores se mezclan, mágicos, enseñándome combinaciones que jamás he visto salvo en mi propio papel.
De mí surgían playas interminables, puestas de sol simbolizando la libertad, campos de trigo, árboles, cielos infinitos. Sueños. Chicas columpiándose en la Luna. Miles de estrellas. Ojos grises. Saltos desde un acantilado. Colores. Ilusiones. Rincones para huir, para desnudarme ante mí, para volver a la inocencia. Quitarme de golpe la hipocresía, las normas sociales, la falsa alegría que no siento. Mirarme a los ojos, secarme las lágrimas. Tumbarme en el suelo, meditar, cantar en voz baja. Pintar miles de dibujos que nunca enseñaré a nadie.

Escribir historias, retazos de mí, para luego sonreír y esconderlos en el fondo de mi cajón.

Saber que nadie podrá conocerme jamás.
Saber que cada una de mis sonrisas significa una cosa distinta, y que tiré mi llave al mar hace millones de años.
Que, por mucho que intentéis conocerme, no sabéis quién soy. No lo sabréis nunca.

08 julio 2010

Agarrados del aire viviremos...



...No me importa a dónde vamos, apriétame bien la mano.


Alguien me dijo una vez que, si te ves reflejada en los ojos de alguien, significa que te quiere.
Eso es una gilipollez. Y aún así, me sorprendo comprobándolo a veces. Pero he descubierto otra forma de saberlo. Cuando te mira. Es difícil de explicar, pero funciona.

Me daba tanta rabia ser dependiente de alguien, aunque fuese sólo un poco. ¡Yo! ¡Yo, que presumía de ser libre! Y ahora me encuentro temiendo por lo que podría pasar mañana. Por la incertidumbre. Por las preguntas sin contestar. Por las discrepancias, por los sinsentidos. Temiendo por mí, por mi variabilidad, por mi forma de querer tan doliente siempre. Porque sé que acabaré pasándolo mal, como las otras veces.

Yo no debería ser de nadie. Debería aprender a no querer. Debería volar, pasar entre sus vidas sin quedarme en ninguna más de veinticuatro horas. Debería ser lejana, debería dejarlo todo estar.

Al fin y al cabo, ¿de qué sirve todo esto? Hace tiempo que dejé de creer en el amor, en los sentimientos, que me desengañé de las palabras vacías. Hace tiempo que dejé de soñar con el famoso príncipe azul. A los nueve años ya no creía en palacios ni en princesas. Ahora creo en los cuentos, en las historias, pero no puedo entregarme otra vez.

La primera vez juré que sería la última. La siguiente dije que había sido un desliz, pero que seria el último. Todas las demás, también.

Cada vez me decía que era el correcto, que podía entregarme, que podía abrirme, y resultaba no ser cierto. Puf, y otra vez me caía de mi pompa de jabón. Qué fácil era hacerme daño.

Por eso me volví dura. Me volví fuerte. No creía en nada. No buscaba nada. Sólo quería jugar.
Y luego, zas. De pronto. Sin avisar. Sin preámbulos... Llegaste.
Me está costando mucho escapar. Me cuesta retenerme. Me importa una mierda lo que pensase antes, parezco decir. Esta vez sí. Todo parece perfecto y yo me he olvidado de nuevo de lo que juré.

No sé quién eres. No sé cómo acabará esto. Pero aquí me tienes, ilusionada como la primera vez. Fijándome en cada sitio que roza tu piel. Sonriendo cuando te veo. Empalagándome. Pareces distinto.

No me importa nadie más, no me importan los que estuvieron antes que tú. Me da igual cómo seas. Me da igual cómo pienses. Lo único que me importa es: ¿qué ves cuando me miras a los ojos?

07 julio 2010

...




Se cimbrean las palmeras, en su altura, sobre mí.
El sol acaricia todo a su paso, dora la arena y se pasea perezosamente por mi piel.
Me susurran las olas, al romper sobre la arena, mil canciones con sabor a nostalgia y a sal.
La suave brisa de la mañana me arropa, envolviéndome en su calidez clara y dulce.
Tumbada sobre la arena, casi me siento feliz.
En días como hoy, el cielo aparece desenvueltamente azul, mirándose coquetamente en la superficie del mar.
A lo lejos, en otro punto de la playa, una gaviota se pasea dejando atrás huellecitas pequeñas de tijeras.

Aquí, en la isla, nunca pasa nada. Todo parece soñado por un pintor perfeccionista o un poeta evadido.
Acaricio distraídamente mi piel tostada tras largos años de sol. Dentro, más allá de la playa, me espera mi hogar, mi lecho de ramas secas y mis recuerdos de nostalgia. Recuerdos de aquella época, cuando yo tenía nombre y cada persona tenía una voz.

¡Una voz...! ¡Cuánto tiempo hará ya que no oigo tu voz!
¿Dónde estarás hoy, junto a quién? ¿Seguirán tus ojos brillando con la misma luz?
Ya no puedo evitarlo por más tiempo. He desencadenado un recuerdo, y raudos vienen todos los demás.

Aquellos días de luces en la noche, de zapatos y cristal.
Aquel tiempo de sombra y sueño, de horas llenas de un silencio repleto de besos.
¿Por qué, dime, por qué decidiste acabar?
Yo era tuya y tú eras mío, y llamábamos locos a todos los demás. Yo me preocupaba de todo y de nada, el hilo del tiempo se enhebraba deprisa, veloces como puntadas fueron nuestros días.

Cuando me dejaste... No sé, no puedo explicarlo ni siquiera ahora, sólo recuerdo la inmensa noche poblada de luz artificial.

Yo vagaba, sola y aislada como un náufrago último de quién sabe qué terrible tempestad. Cuerpos sin rostro corrían en todas direcciones, afanándose en llenar el vacío con moderno y estereotipado estrés.
Los coches, sí, recuerdo los coches como corceles desbocados del infierno, encabritándose, relinchando con su bocina aguda y fría, ¡Y todas las canciones sonaban a la vez...!

No derramé lágrimas por ti.
De pronto, sin pensarlo, deseé estar lejos, muy lejos, y de pronto estaba aquí.
Aquí tengo todo lo que parezco desear.
Aquí hay placidez, aquí hay sueño infinito.
¡Yo maldigo a aquél que cumplió mi deseo!
Aquí estoy atrapada en un horizonte sin fin; sin voces, sin rostros.
Aquí intento olvidar, olvidar todo lo que fui. Pobre imbécil.
¡Aquí todo parece perfecto, y sin embargo añoro la artificialidad y el papel charol y los zapatos de cristal!
¡Añoro incluso el estrés, y la envidia, y la locura de la gente sin sueños, y el odio incluso, y el desánimo! ¡Añoro vivir!
Cálmate.
Respira hondo... Así.
Una lágrima corre por mis mejillas. La toco, incrédula, llena de sorpresa.
Hacía años que no lloraba.
Lo que más duele de todo, es saber que todo esto es mi culpa.
Yo elegí este dorado cautiverio. No hay vuelta atrás.
¡Y aún recuerdo, tras todo este tiempo, el color de tus ojos, y el olor de tu pelo!
He olvidado mi vida, mi nombre y mi orgullo, ¡pero aún recuerdo el sonido de tu voz!
Luego vuelvo a abrir los ojos, y vuelve a desplegarse ante mí el halo de esta vasta y torturadora inmensidad azul.

Escrito el 16 de Mayo de 2010.
Special thanks to Jaime por animarme a subirlo :)

Ella.



En serio, la necesito ya.
Pasear, perderme, sentirme parte de ella. Explorar de nuevo sus rincones, volver a tocar las viejas piedras de sus calles perfumadas de historias. Volver a enamorarme de cada columna, de cada castaño de las avenidas, de cada baldosa. Volver a encontrar aquella tiendecita de cajas de música y vestidos antiguos al lado del Marais. Volver a escuchar las mil vocecitas del barrio judío. Llorar de felicidad. Sonreír sin darme cuenta. Cantar en voz baja. Suspirar mientras se despliega ante mí su inmensidad llena de cuentos y luz. Respirar su aire con olor a magia. Creer en el amor. Peinar la hierba con mis dedos. Sentirme en casa. Sentir cómo me protege, me acoge, me llena de ella y me hace cómplice de sus historias. De sus secretos. De su vida. París.
Pararme en medio del puente más bonito del Sena y empezar a reír como una niña. Soltar miles de globos en mi rincón favorito de la plaza de los Vosgos. Tomarme un café y leer miles de libros. Prometerle a un francés rubio que volveré, y luego romper mi promesa. Ser libre. Ser aire. Probarme vestidos en las boutiques, y no quedarme con ninguno. Espiar a los desconocidos por encima de un libro. Hilvanar historias para cada uno de ellos. Reírme de mi imaginación. Ser yo misma otra vez.

(:


Correr. Irme lejos.
Respirar hondo y soltar todo el aire en un grito.
Tirarme al mar desde mil metros de altura. Bailar mientras caigo. Reírme de todo. Reírme de todos.
Qué más dará lo que piensen, si estoy loca es cosa mía. Es todo un sinsentido, pero al fin y al cabo es tuyo y mío. Nosotros somos dos, y qué nos importan todos los demás. No necesitamos nada. Nos basta con una mirada para sonreír, cómplices, y volver a la carga. Cogernos de la mano, agarrarnos del aire, soñar juntos. Nada ni nadie nos podrá frenar. Somos libres, somos indomables.
No necesito nada más para ser feliz. El rastro de tus labios por mi cuello, tu olor en mi ropa y tu sonrisa en mis ojos. Sentir tus manos, tocar tu pelo, besarte, morderte, saborear cada segundo contigo.
Mil conversaciones estúpidas, miles de bromas nuestras, miles de palabras que sólo tienen significado para nosotros dos. Miles de risas, de suspiros, de miradas fugaces, de escapadas repentinas, de besos por sorpresa. Dos puntos, paréntesis.

Tú, y tus ojos verdes. Tú, y tu sonrisa. Tú, y tu forma de mirarme. Entiéndelo, no puedo evitar que me encantes.

Looking for smiles.

Una calle central de una ciudad pequeña. Dos y media de la tarde. Hay bastante gente, pero, por alguna razón, todos permanecen en un abstraído silencio.

Una multitud de turistas se apiña en torno al único edificio antiguo de la calle, dirigidos por un guía charlatán que invoca a voz en cuello todos los estilos artísticos que se le ocurren, desde el griego al modernismo, para definir con pomposidad el edificio y ensalzar hasta la bisagra más pequeña de la más pequeña de sus puertas. Los turistas hacen gestos de aprobación, aunque a algunos no se les ve muy convencidos. Ni uno de ellos sonríe.

En medio de todos ellos, intentando sortearlos, una chica muy joven. Piel clara, pelo oscuro algo despeinado por el viento, vaqueros, camiseta, mochila a la espalda y cara de cansancio. Una colegiala.

La chica observa ora a los turistas, ora al guía, ora al edificio, mientras intenta traspasar esa masa de cuerpos cubiertos de crema solar y camisas chillonas. “Los turistas –piensa- no se sienten contentos con lo que les ofrece esta ciudad. Y el guía lo intuye oscuramente, pero está tan absurdamente orgulloso de ella que no lo reconocerá jamás. Como casi todos sus habitantes”.

Al fin, consigue atravesar la aglomeración de extranjeros y sigue caminando calle abajo. El cielo está nublado, probablemente llueva, y en esa ciudad eso significa “día triste”. La chica mira atentamente a las personas que caminan, como ella, por la calle. Y se da cuenta de que no sólo casi nadie levanta la mirada sombría del suelo, sino que los pocos que lo hacen están bastante poco animados. No hay brillo en sus ojos, ni sonrisas en sus labios. La chica medita. Esa falta de alegría le preocupa. “Cuando se pierde la alegría, es como si se perdiera todo lo demás, ya que lo poco que queda no te llena en absoluto”.

“Pero –piensa-, si al igual que yo me entristezco por sus semblantes sombríos, ellos lo hacen por el mío, no iremos a ninguna parte. Quizá, si yo sonrío amablemente, la gente me corresponda… Intentémoslo”. Y, efectivamente, otorgó una ligera sonrisa a sus labios. No hacía falta más, porque sus ojos casi siempre sonreían por sí solos. Algunas personas dirigieron apenas una tímida semisonrisa hacia ella, pero era suficiente; porque ella notaba que, tras ese encuentro, tras aquel diminuto intercambio de simpatía, se sentían reconfortadas, y se iban con una sonrisa más amplia de la que ella les había dirigido.

Eso la llenó de felicidad. Era exactamente lo que ella quería: alegrar, aunque sólo fuera por unos segundos, a la gente que lo necesitaba. Pensando acerca de ello, se quedó con su sonrisa mirando una pared sin darse cuenta, y un ancianito que se cruzó con su mirada sonrió cálidamente, mostrando una alegre y desdentada boca. Esto la pilló de sorpresa, y cuando se dio cuenta y logró ampliar su sonrisa, el ancianito sonrió más aún y se alejó. “La gente sencilla –pensó la chica, alegre- es la más amistosa, no sufre innecesariamente por cosas que ocurrirán igual si lloran como si ríen. Esa es la filosofía de los negros también. Ellos sí que saben. Nunca tienen prisa; siempre tienen tiempo para escuchar a un amigo, para hablar; ríen diez veces por hora, y son felices de ser como son”.

Al llegar a su casa con el ánimo por las nubes y tras haber recolectado unas cuantas semisonrisas más, la chica escribió lo que le había ocurrido. Le parecía hermoso haber ayudado a alguien, y se propuso que en adelante haría lo mismo si podía.

Pero, dos días después, su ánimo había bajado. Ciertas circunstancias la sumían en una espesa nube de incertidumbre, duda y melancolía. Hacía el mismo camino que había hecho cuando buscaba las sonrisas y el brillo en la mirada de la gente, pero esta vez era ella la que no levantaba la mirada del suelo. Hoy sus ojos no brillaban como siempre, y sus labios no sonreían.

Hasta que una voz le hizo levantar la mirada del pavimento.

-¡Hey!

Miró a la persona que le hablaba, y descubrió a un hombre africano, que probablemente no entendía su idioma, pero había adivinado su estado de ánimo sin necesidad de palabras, mejor que mucha gente de esa ciudad (o incluso de ese país) lo hubiese hecho con dos horas de plática. Le regaló a la chica una mirada de comprensión absoluta, de armonía; una mirada que llegó a la chica a lo más hondo (de verdad, lo hizo, aunque ahora se abuse de esa expresión y se use para todo, en este caso fue cierto). Y, acto seguido, hizo un gesto que la chica, sin haberlo visto antes, comprendió perfectamente. Un gesto que quería decir: “Oye. Yo te entiendo. Sé cómo te sientes, pero créeme, no es lo mejor. Todos podemos estar tristes, pero eso no tendría mérito. Lo que quiera que sea que te preocupa no se arreglará si lloras y te deprimes, ¿sabes? Y, es cierto, quizá tampoco se arregle si sonríes, pero siempre te enfrentarás mejor a ello con ánimo alegre que de la forma contraria… Incluso puede ser que, si te alegras y sonríes, encuentres en tu optimismo una solución que no se te hubiera ocurrido de estar triste”.

Antes de que la chica hubiese tenido tiempo de reaccionar y devolverle la sonrisa, él ya se había ido. Pero ella sabía, como en cierto modo lo habían sabido hacia ella todos a los que había sonreído dos días atrás, que él se había sentido bien al intentar animarla, y que sabía que lo había conseguido. La chica estaba agradecida hacia aquel comprensivo desconocido. Y, por primera vez, se sentía verdaderamente feliz.


M.




He olvidado cuándo llegué aquí. Una puerta y cuatro paredes me separan del mundo, del que a veces percibo retazos. Gente que corre; estrés, envidia, odio.

Para alejarme, para vivir, he creado aquí mi mundo.

A veces, imagino cuentos. Recuerdos ajenos.

A veces, incluso, soy feliz.

La torre, al atardecer, se llena de luz roja y dorada, que se refleja por las paredes. Una estrella se cuela tímidamente, hasta reflejarse en el agua donde bebo. La envidio. Lejana, inalcanzable... Libre. Si tuviera las llaves... yo también sería libre. Cerraría esta maldita puerta, y entonces nadie podría quitarme mi libertad. Nadie.