07 julio 2010

Ella.



En serio, la necesito ya.
Pasear, perderme, sentirme parte de ella. Explorar de nuevo sus rincones, volver a tocar las viejas piedras de sus calles perfumadas de historias. Volver a enamorarme de cada columna, de cada castaño de las avenidas, de cada baldosa. Volver a encontrar aquella tiendecita de cajas de música y vestidos antiguos al lado del Marais. Volver a escuchar las mil vocecitas del barrio judío. Llorar de felicidad. Sonreír sin darme cuenta. Cantar en voz baja. Suspirar mientras se despliega ante mí su inmensidad llena de cuentos y luz. Respirar su aire con olor a magia. Creer en el amor. Peinar la hierba con mis dedos. Sentirme en casa. Sentir cómo me protege, me acoge, me llena de ella y me hace cómplice de sus historias. De sus secretos. De su vida. París.
Pararme en medio del puente más bonito del Sena y empezar a reír como una niña. Soltar miles de globos en mi rincón favorito de la plaza de los Vosgos. Tomarme un café y leer miles de libros. Prometerle a un francés rubio que volveré, y luego romper mi promesa. Ser libre. Ser aire. Probarme vestidos en las boutiques, y no quedarme con ninguno. Espiar a los desconocidos por encima de un libro. Hilvanar historias para cada uno de ellos. Reírme de mi imaginación. Ser yo misma otra vez.

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