
Una calle central de una ciudad pequeña. Dos y media de la tarde. Hay bastante gente, pero, por alguna razón, todos permanecen en un abstraído silencio.
Una multitud de turistas se apiña en torno al único edificio antiguo de la calle, dirigidos por un guía charlatán que invoca a voz en cuello todos los estilos artísticos que se le ocurren, desde el griego al modernismo, para definir con pomposidad el edificio y ensalzar hasta la bisagra más pequeña de la más pequeña de sus puertas. Los turistas hacen gestos de aprobación, aunque a algunos no se les ve muy convencidos. Ni uno de ellos sonríe.
En medio de todos ellos, intentando sortearlos, una chica muy joven. Piel clara, pelo oscuro algo despeinado por el viento, vaqueros, camiseta, mochila a la espalda y cara de cansancio. Una colegiala.
La chica observa ora a los turistas, ora al guía, ora al edificio, mientras intenta traspasar esa masa de cuerpos cubiertos de crema solar y camisas chillonas. “Los turistas –piensa- no se sienten contentos con lo que les ofrece esta ciudad. Y el guía lo intuye oscuramente, pero está tan absurdamente orgulloso de ella que no lo reconocerá jamás. Como casi todos sus habitantes”.
Al fin, consigue atravesar la aglomeración de extranjeros y sigue caminando calle abajo. El cielo está nublado, probablemente llueva, y en esa ciudad eso significa “día triste”. La chica mira atentamente a las personas que caminan, como ella, por la calle. Y se da cuenta de que no sólo casi nadie levanta la mirada sombría del suelo, sino que los pocos que lo hacen están bastante poco animados. No hay brillo en sus ojos, ni sonrisas en sus labios. La chica medita. Esa falta de alegría le preocupa. “Cuando se pierde la alegría, es como si se perdiera todo lo demás, ya que lo poco que queda no te llena en absoluto”.
“Pero –piensa-, si al igual que yo me entristezco por sus semblantes sombríos, ellos lo hacen por el mío, no iremos a ninguna parte. Quizá, si yo sonrío amablemente, la gente me corresponda… Intentémoslo”. Y, efectivamente, otorgó una ligera sonrisa a sus labios. No hacía falta más, porque sus ojos casi siempre sonreían por sí solos. Algunas personas dirigieron apenas una tímida semisonrisa hacia ella, pero era suficiente; porque ella notaba que, tras ese encuentro, tras aquel diminuto intercambio de simpatía, se sentían reconfortadas, y se iban con una sonrisa más amplia de la que ella les había dirigido.
Eso la llenó de felicidad. Era exactamente lo que ella quería: alegrar, aunque sólo fuera por unos segundos, a la gente que lo necesitaba. Pensando acerca de ello, se quedó con su sonrisa mirando una pared sin darse cuenta, y un ancianito que se cruzó con su mirada sonrió cálidamente, mostrando una alegre y desdentada boca. Esto la pilló de sorpresa, y cuando se dio cuenta y logró ampliar su sonrisa, el ancianito sonrió más aún y se alejó. “La gente sencilla –pensó la chica, alegre- es la más amistosa, no sufre innecesariamente por cosas que ocurrirán igual si lloran como si ríen. Esa es la filosofía de los negros también. Ellos sí que saben. Nunca tienen prisa; siempre tienen tiempo para escuchar a un amigo, para hablar; ríen diez veces por hora, y son felices de ser como son”.
Al llegar a su casa con el ánimo por las nubes y tras haber recolectado unas cuantas semisonrisas más, la chica escribió lo que le había ocurrido. Le parecía hermoso haber ayudado a alguien, y se propuso que en adelante haría lo mismo si podía.
Pero, dos días después, su ánimo había bajado. Ciertas circunstancias la sumían en una espesa nube de incertidumbre, duda y melancolía. Hacía el mismo camino que había hecho cuando buscaba las sonrisas y el brillo en la mirada de la gente, pero esta vez era ella la que no levantaba la mirada del suelo. Hoy sus ojos no brillaban como siempre, y sus labios no sonreían.
Hasta que una voz le hizo levantar la mirada del pavimento.
-¡Hey!
Miró a la persona que le hablaba, y descubrió a un hombre africano, que probablemente no entendía su idioma, pero había adivinado su estado de ánimo sin necesidad de palabras, mejor que mucha gente de esa ciudad (o incluso de ese país) lo hubiese hecho con dos horas de plática. Le regaló a la chica una mirada de comprensión absoluta, de armonía; una mirada que llegó a la chica a lo más hondo (de verdad, lo hizo, aunque ahora se abuse de esa expresión y se use para todo, en este caso fue cierto). Y, acto seguido, hizo un gesto que la chica, sin haberlo visto antes, comprendió perfectamente. Un gesto que quería decir: “Oye. Yo te entiendo. Sé cómo te sientes, pero créeme, no es lo mejor. Todos podemos estar tristes, pero eso no tendría mérito. Lo que quiera que sea que te preocupa no se arreglará si lloras y te deprimes, ¿sabes? Y, es cierto, quizá tampoco se arregle si sonríes, pero siempre te enfrentarás mejor a ello con ánimo alegre que de la forma contraria… Incluso puede ser que, si te alegras y sonríes, encuentres en tu optimismo una solución que no se te hubiera ocurrido de estar triste”.
Antes de que la chica hubiese tenido tiempo de reaccionar y devolverle la sonrisa, él ya se había ido. Pero ella sabía, como en cierto modo lo habían sabido hacia ella todos a los que había sonreído dos días atrás, que él se había sentido bien al intentar animarla, y que sabía que lo había conseguido. La chica estaba agradecida hacia aquel comprensivo desconocido. Y, por primera vez, se sentía verdaderamente feliz.
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