Cada vez tiene menos sentido. No entiendo por qué lo hago, ni por qué lo haces tú. Ambos pensamos en otras personas, tenemos vidas distintas, nos callamos en lo que más importa. ¿Y para qué? ¿Buscando, acaso, los diez minutos de gloria?
Sólo me sabes bien de noche, que es cuando yo olvido y tú vuelas bajo. Pero de día no nos conocemos, nos sentimos extraños. Me asqueo, no te quiero besar cuando sale el sol. Pero cuando cae la sombra y me recorro desnuda, me visto para ti. Y entonces nosotros, los de antes, ya no somos los mismos. No sé, no conozco el equilibrio. A decir verdad, tampoco lo busco.
Es frío y simple, pero dulce a su manera.
En una retrospectiva de mí misma, todo esto me sorprende. Eres mi excusa para no pensar en mí, y eso te lo agradezco infinitamente.
Pero la Carmen de antes, la que se entregaba, la que se divertía alegrando tu vida y creando una realidad para dos, ella ya no está. O quizá esté, pero duerme. No me conoce bien desde aquí.
Estoy sola en el puerto, a la orilla de mi futuro. Él no puede equilibrarme, pues se siente inseguro en lo más simple. Su cuerpo, su dinero, como si eso me importase más que su talla de zapato. No, querido, no es eso. Me gustaría decírtelo; me gustaría tanto decirte "estás guapo cuando sonríes" o "qué hermoso es cuando me miras en silencio", o cuando me abrazas. Pero no te lo diré porque esa ya no soy yo, ya no quiero ser yo. Eso es muy injusto, por eso escribo esto, para no pensarlo en silencio.
Pero entiéndeme, si te lo digo, entonces te querré un poco. Y, lo que es más horrible, quizás entonces tú también me quieras un poco más. Y esa (insisto), esa ya no soy yo. Si te comienzo a querer, todo será real. Por eso prefiero pensar en tus defectos, defectos que nunca me han importado (como que vengas sin afeitar o que no me gusten aquellos pantalones), para alejarme de ti a propósito y evitar que todo esto, de pronto, sea.
Espero que esto no te parezca mal, pero seguiré fumando delante de ti y vistiéndome como si no tuviera una cita; seguiré haciendo bromas estúpidas y encerrándome en mis silencios, porque no quiero que me des nada que yo no te haya pedido. No quiero que te comprometas, ni despertarme un día a tu lado sabiendo que eres mío y que no sé qué hacer. No quiero dejarme llevar, no quiero perder el control. Lo siento.
Somos camaleones con pieles superpuestas que piden ayuda en silencio. Pero el silencio sólo silencio recibe, en el vacío, en el fondo oscuro de tus pupilas negras de secretos.
No sé quién eres, no sé quién soy, no sé ya si esta es tu piel o la mía, no reconozco tu sabor ni es tu nombre el de mi dueño.
Regalar un reloj es invitar a la muerte, regalémonos besos para ser eternos esta noche. Pero tus besos no son genuinos, cierras los ojos cuando me muerdes, ¿a quién estás viendo? Estamos el uno enfrente del otro, ciegos y sordos, cantando cuentos irreales que crecen sobre nuestras cabezas haciendo horribles circunvoluciones mientras bailan nuestros cuerpos. Sonreímos con la boca, pero nuestros ojos están fríos como témpanos, como margaritas negras, como si en el fondo nos odiáramos por vivir esta rutina extraña del "ya hablamos", del café y las copas, de los besos con fecha de caducidad mientras dure el movimiento. Por qué lo hacemos. Por qué no lo hacemos, si queremos, por qué lo evitamos. Por qué me das igual, si estoy contigo. Por qué nos usamos así, sucios, últimos hombres de Nietzsche, por qué fingimos esta sombra chinesca de una belleza ajena que es la suya, la de ellos, como si nosotros también, pero no.
No somos ellos, no nos queremos, no nos buscamos, no somos nuestros. Inconexo, absurdo, esto ocurre de pronto y nosotros lo vemos pasar en silencio.
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