-Entonces todo esto no es más que
un sueño, ¿verdad?
-Sí.
Y mientras me decía “sí” me
acariciaba suavemente el pelo con una sonrisa triste, como si él también lamentara
que todo hubiera sido un sueño, “sí”, todo, el amor, los recuerdos, los
instantes que ya no eran nuestros, como si lamentara que en cualquier momento
un crujido en la escalera pudiera acabar de un sobresalto con todo lo que
éramos. Sí, todo aquello no era más que un sueño y ni siquiera sabíamos si nos
conocíamos más allá, todo aquello era un sueño que podía estar soñando yo o él
o alguien a quien ni siquiera conociéramos, que nos soñara como quien
sueña un gato maullando en un callejón
que jamás visitaría.
No, jamás nos conocería pero sin
embargo alguien nos estaba soñando en ese instante, nos estaba creando en ese
instante, un Alguien a quien ambos temíamos, Alguien ajeno que nos soñaba tibiamente
en océanos de almohada mientras él y yo nos abrazábamos con fuerza temiendo que
pudiera despertar. Nos abrazábamos con dolor, con ausencia, como si ya el
despertar hubiera llegado, prolongando en el vacío del duermevela un adiós que
deseábamos que no se produjera jamás.
Pero poco a poco, como los ojos
luminosos que se acostumbran a la oscuridad, fuimos mirando a nuestro
alrededor, pues el despertar no llegaba. Sin soltarnos, susurrando, dándonos
cuenta de la fragilidad de nuestro presente, con lágrimas en los ojos odiábamos
a ese Alguien durmiendo cerca de la ventana, planeando de mil maneras cómo
escapar, cómo burlarlo, o incluso sí, qué ingenioso, cómo soñarle nosotros a
él.
Pero allá lejos Alguien debió
oírnos, pues se removió inquieto cerca del olor a amanecer, del pan recién
hecho, intentando sin éxito despertar su conciencia dormida. Nos abrazamos con
fuerza temiendo ya encontrar el vacío entre nuestros brazos, pero al abrir los
ojos seguíamos juntos, sólo en un lugar diferente. Poco a poco todo lo que nos
rodeaba empezaba a cambiar, la luz, los colores diluyéndose, pero Alguien no
conseguía dejar de soñarnos. Nos miramos. Debíamos actuar. Echamos a correr en
un caleidoscopio de sonidos e imágenes borrosas que nos engullían con volutas
de sueños lejanos, pero ya Alguien empezaba a perder poco a poco el control.
Nos temía. Lentamente, nos estaba
temiendo. Juntos convocamos terrores y sombras que se alzaban grandiosos sobre
su mente, con las manos entrelazadas creábamos pesadillas a placer, monstruos y
tormentas azotaban su sueño mientras nosotros crecíamos como dueños absolutos
del delirio. Al otro lado, lejos, y lejos ya del olor a madrugada, Alguien
gemía débilmente humedeciendo las sábanas con un sudor frío, removiéndose sin
despertar, perdiendo la cordura poco a poco pues, al temernos, nos dio poder
sobre su subconsciente.
Fuimos dioses grandes y terribles
aquella noche. Sentados en la cima de la locura, con los ojos brillantes, nos
lanzamos en una vorágine de pesadilla y pánico, mirándonos asustados de lo que
podíamos hacer, pero ya no éramos nosotros quienes decidíamos: Alguien, en su
miedo, nos soñaba más malvados y más poderosos de lo que nosotros creíamos
poder llegar a ser.
No tuvimos piedad, no podíamos tenerla. Todas las canciones sonaban a la vez mientras el océano más oscuro se abría para engullirle y él último grito de Alguien se perdió en un despertador que ya era nuestro, que ya era nuestro cuando nos despertamos juntos en un maravilloso amanecer donde el olor fresco a madrugada y a pan recién hecho nos revelaba que, por fin, habíamos vencido.
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