Se me agolpan las dudas como las
gotas de lluvia en las cañerías. Esta vez salgo a mojarme, lo sé, esta vez es
un viaje sin retorno. El miedo acecha en cada esquina, hay luces lejanas,
sonidos turbios. No sé quién soy, ni conozco las calles que me rodean – tuerzo
un callejón a la izquierda, saldré por allí, no sé.
Qué quieres que te diga, qué
quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien. Sí, no me importa, es sólo que podías
haberlo dicho antes.
Qué quieres, que te cuente cómo
me siento, pero si hace meses que no siento nada, no lo entiendes, no sentía
nada, sabes, y de pronto llegó él y revolvió por todas partes. Hizo lo que
quiso con mi pequeña cabeza, me creó dudas, soplaba humo azul, sus manos eran
grandes y sus dedos eran largos para alcanzarme allá donde fuera. Su sonrisa
era verde, no lo entiendes, su sonrisa era verde como la hierba entre las
amapolas, sus ojos eran amarillos como las rosas amarillas, tenía gigantes en
el pelo que caminaban al son de todas las tempestades. No importaba dónde
fuera, allí estaba él. No importaba qué dijera, siempre estaba él. Él arriba,
él de colores, él en los armarios, él en las paredes, él saliendo de la bañera y
trepando entre las juntas de los azulejos. Él ceniza, él absurdo.
Sí, a mí me gustaba él. Por vez
primera en muchos días y miles de noches sentía algo por alguien aparte de la
indiferencia más simple. Tú no sabes, me hubiera gustado besarle en el
pelo. Me hubiera gustado que me abrazara
los sábados y me dijera: “allí crecen todos los girasoles”. Pero no.
Tú le besaste en el pelo, y te
abrazó a ti sola durante todos los sábados del mundo, y a ti sola entró con
cuidado mientras lejos morían miles de personas y empezabas a llorar sin saber
que yo te miraría más tarde como quien mira a un extraño. No sabías que yo no
podría abrazarte como antes y sin embargo tú estabas llorando mientras él
deshojaba girasoles en tu pecho, y seguías llorando en océanos de almohada
cuando él acariciaba tus muslos con sus dedos largos, largos para alcanzarte en
todas partes, y de pronto sentiste frío su tacto.
Y no pudiste nunca parar de
llorar porque sabías que en ese mismo instante, varios millones de segundos
después, yo sabría lo que hiciste con el hombre que comía las estrellas, y
sabías que me dolería, pero lo que no sabías es que ibas a cerrar de un portazo
todos los sueños de una niña, y cuando haces eso sin cuidado las niñas crecen
de golpe.
Sí, ya he asumido que él nunca
será mío. Que quizá fuese sólo un capricho, pero ¿no es todo un capricho? ¿No
son un capricho los besos, los poemas, las flores, las muñecas; no son un
capricho las patatas y la lluvia, no son acaso un capricho las musarañas y
también el té? ¿No es un capricho vivir?
Mi capricho era besarle en el pelo,
sólo una vez, pero ya no puede ser. Nunca volveré a querer besarle en el pelo,
ni que me abrace los sábados, ni volveré a querer que me diga: "allí
crecen todos los girasoles". No volverá a alcanzarme con sus dedos largos
ni con sus manos grandes, ni volverá a hacerme temblar el humo azul que sopla
cuando quiere ver estrellas en el fondo de tus pupilas. Poco a poco, me doy
cuenta entre mis dudas de que ya me he mojado. Las calles a mi alrededor siguen
girando, un poco como si en el mapa las olas me arrastraran otra vez, y como
saliendo de mi aliento descubro que sigo hablándote, sigo preguntándote qué
quieres que te diga, qué quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien.
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