26 septiembre 2012

Shock


Se me agolpan las dudas como las gotas de lluvia en las cañerías. Esta vez salgo a mojarme, lo sé, esta vez es un viaje sin retorno. El miedo acecha en cada esquina, hay luces lejanas, sonidos turbios. No sé quién soy, ni conozco las calles que me rodean – tuerzo un callejón a la izquierda, saldré por allí, no sé.

Qué quieres que te diga, qué quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien. Sí, no me importa, es sólo que podías haberlo dicho antes.

Qué quieres, que te cuente cómo me siento, pero si hace meses que no siento nada, no lo entiendes, no sentía nada, sabes, y de pronto llegó él y revolvió por todas partes. Hizo lo que quiso con mi pequeña cabeza, me creó dudas, soplaba humo azul, sus manos eran grandes y sus dedos eran largos para alcanzarme allá donde fuera. Su sonrisa era verde, no lo entiendes, su sonrisa era verde como la hierba entre las amapolas, sus ojos eran amarillos como las rosas amarillas, tenía gigantes en el pelo que caminaban al son de todas las tempestades. No importaba dónde fuera, allí estaba él. No importaba qué dijera, siempre estaba él. Él arriba, él de colores, él en los armarios, él en las paredes, él saliendo de la bañera y trepando entre las juntas de los azulejos. Él ceniza, él absurdo.

Sí, a mí me gustaba él. Por vez primera en muchos días y miles de noches sentía algo por alguien aparte de la indiferencia más simple. Tú no sabes, me hubiera gustado besarle en el pelo.  Me hubiera gustado que me abrazara los sábados y me dijera: “allí crecen todos los girasoles”. Pero no.

Tú le besaste en el pelo, y te abrazó a ti sola durante todos los sábados del mundo, y a ti sola entró con cuidado mientras lejos morían miles de personas y empezabas a llorar sin saber que yo te miraría más tarde como quien mira a un extraño. No sabías que yo no podría abrazarte como antes y sin embargo tú estabas llorando mientras él deshojaba girasoles en tu pecho, y seguías llorando en océanos de almohada cuando él acariciaba tus muslos con sus dedos largos, largos para alcanzarte en todas partes, y de pronto sentiste frío su tacto.

Y no pudiste nunca parar de llorar porque sabías que en ese mismo instante, varios millones de segundos después, yo sabría lo que hiciste con el hombre que comía las estrellas, y sabías que me dolería, pero lo que no sabías es que ibas a cerrar de un portazo todos los sueños de una niña, y cuando haces eso sin cuidado las niñas crecen de golpe.

Sí, ya he asumido que él nunca será mío. Que quizá fuese sólo un capricho, pero ¿no es todo un capricho? ¿No son un capricho los besos, los poemas, las flores, las muñecas; no son un capricho las patatas y la lluvia, no son acaso un capricho las musarañas y también el té? ¿No es un capricho vivir?

Mi capricho era besarle en el pelo, sólo una vez, pero ya no puede ser. Nunca volveré a querer besarle en el pelo, ni que me abrace los sábados, ni volveré a querer que me diga: "allí crecen todos los girasoles". No volverá a alcanzarme con sus dedos largos ni con sus manos grandes, ni volverá a hacerme temblar el humo azul que sopla cuando quiere ver estrellas en el fondo de tus pupilas. Poco a poco, me doy cuenta entre mis dudas de que ya me he mojado. Las calles a mi alrededor siguen girando, un poco como si en el mapa las olas me arrastraran otra vez, y como saliendo de mi aliento descubro que sigo hablándote, sigo preguntándote qué quieres que te diga, qué quieres. Que estoy bien, sí, estoy bien.

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