Me moría de ganas de abrazar a alguien.
La presión interna que oprimía mis pulmones, la sensación de
tener el pecho lleno de mármol, debía desaparecer. No lo soportaba más.
Llevaba días encerrada en mi cuarto, llorando y riendo a
intervalos como si de la lluvia o del viento dependiera mi estado de ánimo,
cuando de pronto me di cuenta entre la niebla que no podría soportarlo más.
A partir de ese instante ya no era mi cordura la que estaba
en juego, sino mi supervivencia. Me estaba muriendo. Abrazando mi estómago con
fuerza no conseguía relajar la tensión que me consumía lentamente. Lunas
oscuras crecían cada mañana debajo de mis ojos. Aquella tortura tenía que
acabar.
Por eso aquella noche me desperté como alejándome, empapada
de sudor frío y con las manos temblorosas, dándome cuenta desde fuera de mí
misma que el momento había llegado por fin.
Con los ojos fríos me vestí despacio, con la lentitud
descarada que tienen aquellos a los que les gusta su cuerpo, recreándome en
cada cinta y en cada botón cuidadosamente seleccionados para aquella noche.
Me maquillé como si dibujara un rostro que no me pertenecía.
Mientras los pintaba observé con curiosidad los labios rojos que se movían, que
se estaban moviendo, labios que aleteaban como mariposas de sangre.
La hora había llegado. Como una pantera herida salí del
apartamento oscuro, trastabilleando, obligándome a soportarlo aún unas horas
más, y con los ojos empañados de dolor me lancé a la noche.
Y en el rincón más oscuro de los bares de jazz, como una
araña seduciendo a todas las moscas, esperé. Los minutos se sucedían
inclementes, y el humo del tabaco acariciaba mi boca como un efímero suspiro de
culpa. En ese momento empezó a sonar I
must have that man, y tu silueta se recortó contra la luz de la puerta abierta
del local. Levanté la mirada. Por encima de las chicas de risa escandalosa y de
los hombres sedientos, por encima de los besos secos con sabor a alcohol, encontré
la tuya esperándome.
Para ser sincera, yo estaba especialmente hermosa aquella
noche. Por eso a nadie le extrañó que avanzaras hacia mí mientras te quitabas
el abrigo, y que yo me levantara con aquella media sonrisa roja dibujándose en
mi rostro. En mitad del local nos quedamos parados, el uno enfrente del otro, y
de forma particularmente irresistible me acerqué a ti para susurrarte: “por fin
has llegado”.
Cuando me separé para volverte a mirar desde mis tacones ya
el hechizo de mi perfume había hecho su efecto, y de nuevo me atrajiste hacia
ti para mirarme más de cerca, siempre más de cerca, y aún no sospechabas nada
mientras yo me ahuecaba más entre tus brazos y te estrechaba con más fuerza
contra mí. Seguías sin sospechar nada cuando, sonriendo satisfecho, me besaste ávidamente,
y yo cogí tu cabeza con ambas manos mientras lo hacías.
Y entonces, oh, entonces ya era demasiado tarde.
Entonces te diste cuenta de que ya no podías hacer nada, y
esta vez era yo quien te besaba ávidamente apretándome contra tu pecho, y poco
a poco la sensación horrible que me consumía se iba desvaneciendo. Se iba
fundiendo el hielo de mis entrañas, y poco a poco por vez primera pude
respirar. Jadeando, forcejeábamos en una lucha a muerte terrible como el
silencio, gladiadores sangrientos entre todas las parejas de baile.
Pero ya era tarde, yo ya había vencido. Con una sonrisa de
triunfo inhalé como una droga los últimos hálitos de fuerza que tanto me habían
faltado durante meses, ya me sentía viva, ya me sentía fuerte. Y con una última
mirada de lástima te dejé caer al suelo con las manos inertes, sin hacer caso de
tus ojos suplicantes, y con un estremecimiento me deslicé entre las personas
súbitamente sobrias que se agolpaban alrededor de tu cuerpo, y me lancé a la
noche en la confusión del último bar de jazz abierto de la ciudad.
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